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agosto 24, 2026

Voces

No hay dos como él

Sentí la palmada de alerta en mis pies y, aún medio dormida, abrí los ojos. Debían de ser las 6:45 de la mañana, según mi reloj biológico y la rutina diaria.

Abracé a mi fiel almohada, queriendo volver a mi actividad anterior, deseando que los doctores, por unánime resolución, recomendaran a los jueces decretar 12 horas de trabajo y 12 horas de sueño. Pero volví a mi existencia cuando oí esa voz viril, con el tono de preocupación de todos los días:

—¡Levántate, se te hace tarde!

Esas cinco palabras que pronunciaba mi padre cada mañana eran suficientes para levantarme.

Luego de un baño, podía sostener con mi actitud que ya estaba despierta. Me vestí y me trasladé hacia la cocina. De soslayo, vi a mi madre, que apenas se despertaba. Allí, en el lugar culinario de la casa, estaba mi procreador, concentrado, terminando con amor de salar mis dos huevos revueltos para el desayuno, mientras deslizaba su otro brazo y abría la nevera buscando los candidatos perfectos para el jugo del día.

Cuando se percató de que estaba ahí, me abrazó con esa ternura con la que se arropa a un recién nacido, me besó en la frente como quien tiene años sin verte y me cedió el plato.

Y empezó otra de sus especialidades: la batida de fresas.

Luego de facilitarme el alimento más importante del día, se apresuró a alistarse para llevarme a la universidad y después irse a trabajar.

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En el camino oíamos una emisora de radio y hablábamos de todo un poco: profesores, tránsito, amores, trabajo… En fin, una buena conversación mañanera para emprender la jornada.

Al despedirse, fijó sus ojos en mi mirada, me hizo reír con una broma y siguió su camino. Mientras se alejaba, me observaba por el retrovisor. Yo caminé hacia mi clase matutina sonriéndome para mis adentros y, mientras recorría los pasillos de mi facultad, le di tantas gracias a Dios por regalarme ese ser tan extraordinario: mi alarma más eficaz, mi cocinero predilecto, mi camarada de viaje perfecto y, sobre todo, mi amigo más leal.

Esta crónica se la escribí a mi papá hace tiempo y hoy, que está de cumpleaños, la vuelvo a leer y sigo sonriendo. Ya no en el pasillo de una universidad, sino en mi propia casa, con mi hija al lado.

Ahora, con más fe, sigo creyendo que en mí se cumple lo que dicen por ahí: los varones son de mamá y las niñas, de papá.

¡Qué orgullo decir que tengo el mejor padre del mundo! Como él, solo hay uno.

Feliz cumpleaños, papi. ¡Tu china te ama de aquí al infinito!

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