@IrmaRibbon / Grupo Cantón
El pasado 27 de septiembre, mientras conmemorábamos el Día Mundial del Turismo y hablábamos del futuro de una industria que mueve al mundo, yo no podía dejar de pensar en una pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo para que ese futuro exista también en Quintana Roo?
Porque hay algo que me preocupa y no es solamente el sargazo.
Es que nos estamos acostumbrando a verlo.
Nos acostumbramos a las barreras, a las máquinas en la playa, a los camiones retirando toneladas y a las fotografías de turistas caminando entre manchas cafés.
Nos acostumbramos tanto que dejamos de preguntarnos qué le estamos haciendo al lugar que nos da de comer.
Este año volvimos a romper récords de sargazo recolectado: más de 133 mil toneladas.
La cifra impresiona, sí. Pero a mí me preocupa más lo que hay detrás de ella.
Cada año recogemos más, gastamos más y hacemos mayores esfuerzos para mantener presentable aquello que vendemos como paraíso. Y mientras tanto, seguimos hablando de crecimiento, nuevas inversiones, más cuartos de hotel, más visitantes y más infraestructura como si el territorio fuera infinito.
No lo es.
Quintana Roo no es solamente una marca turística.
Es selva, manglar, arrecife, cenotes, playas y una biodiversidad que no puede defenderse en una rueda de prensa ni pedir permiso cuando una máquina entra a modificar su hábitat.
Y aquí viene lo incómodo: quizá el problema no sea solamente cuánto sargazo llega a nuestras costas, sino cuánto hemos aprendido a soportar sin cuestionarnos el modelo que estamos construyendo.
Nos preocupa que el turista encuentre una playa limpia.
Debería preocuparnos también que exista una playa que limpiar dentro de diez, veinte o treinta años.
Podemos retirar toneladas de sargazo, levantar hoteles espectaculares e inaugurar nuevas obras.
Pero hay algo que no podemos reconstruir cuando lo perdemos: un ecosistema.
Quintana Roo vive del turismo, nadie lo discute. Pero el turismo también vive de Quintana Roo.
Y si agotamos aquello que nos hizo atractivos, llegará el día en que tendremos mucho que ofrecer… excepto el paraíso que vinieron a buscar.
Tal vez ya sea hora de dejar de preguntarnos cuánto más podemos crecer y comenzar a preguntarnos cuánto más puede soportar nuestro territorio.
Yo todavía recuerdo esas playas que parecían no tener final, el agua turquesa y la sensación de que este lugar era, de verdad, un regalo.
Me resisto a pensar que algún día tengamos que contarles a nuestros hijos que así era Quintana Roo.
Porque el paraíso no se pierde de un día para otro.
A veces simplemente dejamos de reconocerlo mientras lo vamos agotando.