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septiembre 28, 2026

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Antes de que me lo pidas

Hace unos días, mientras le daba de comer a mi hija de 10 meses, ocurrió algo que cualquier madre de un bebé podría contar como parte de su rutina: me tiró el plato de comida.

La miré. Durante unos segundos, pasaron mil pensamientos por mi cabeza. Pero antes de reaccionar, me detuve. La miré otra vez y pensé: ¿cómo es posible que pueda querer tanto a alguien que, apenas unos segundos antes, acaba de poner a prueba toda mi paciencia?

Quizá eso sea parte del misterio de convertirse en madre. Conocemos el amor de nuestros padres, de nuestros hermanos, de la pareja que elegimos, de los amigos que se vuelven familia. Son amores profundos, pero hay algo distinto cuando aparece ese pequeño ser que depende de ti para casi todo.

Porque con un bebé se aprende a dar antes de recibir: a desvelarse sin esperar agradecimiento, a preocuparse incluso cuando todo está bien, a cansarse y, aun así, sonreír cuando aparece una carita que parece tener el poder de borrar el cansancio de todo el día.

La ciencia ha encontrado que el embarazo produce cambios profundos y duraderos en el cerebro de las mujeres, relacionados con procesos de cognición social y con el vínculo materno. Pero hay cosas que ningún estudio termina de explicar.

¿Cómo se transforma una mujer para que alguien tan pequeño pueda ocupar tanto espacio en su corazón?

Y quizás lo más sorprendente no es cuánto amamos mientras nuestros hijos son pequeños y nos miran con esa inocencia que derrite cualquier intento de enojo. Lo verdaderamente extraordinario será descubrir qué ocurre cuando crezcan.

Cuando tengan opiniones diferentes a las nuestras, tomen decisiones que no entendamos o se equivoquen. Cuando hagan cosas que nos duelan o que no aprobemos. ¿Se acaba entonces ese amor? No lo creo.

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Tal vez porque el amor de una madre se parece, en alguna medida, a una de las formas más difíciles de comprender del amor de Dios: un amor que no depende de que seamos perfectos para existir.

C. S. Lewis escribió que “amar es siempre ser vulnerable”. Y por eso la maternidad también nos vuelve vulnerables: porque, desde que alguien puede hacernos tan felices, también puede hacernos profundamente preocupados, heridos o temerosos.

La Biblia dice: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Tal vez ahí haya una pista de ese misterio: el amor verdadero muchas veces no espera a que el otro haga méritos para comenzar.

Aquella tarde, mientras recogía el plato del suelo, entendí que quizá la maternidad no consiste solamente en enseñar a un hijo a vivir. También es aprender, a través de él, cómo se siente un amor que permanece incluso antes de que te lo pidan.

Y quizá eso sea solo una pequeña pista de cuánto nos ama Dios.

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