Iba de camino a mi clase de spinning cuando dos vehículos me rebasaron a toda velocidad. Al parecer, sus conductores tenían mucha prisa, así que me hice a un lado y continué mi camino. Lo curioso fue que, unos metros más adelante, los encontré detenidos en el mismo semáforo que yo. Toda aquella aceleración no les había ahorrado mucho tiempo. ¡La ironía de la vida!, pensé.
A veces vamos por el mundo de esa misma manera: acelerados, creyendo que podemos resolver en un segundo lo que no organizamos con cinco minutos de anticipación. Queremos llegar primero, terminar antes, adelantarnos a todos. Y, en ese afán, olvidamos que nuestra prisa también puede afectar a quienes nos rodean.
Mi mamá siempre decía que, al conducir, debemos cuidarnos y cuidar a los demás. Con los años he entendido que esa enseñanza va mucho más allá del volante. No basta con estar atentos a nuestro propio camino; también debemos ser conscientes de las personas que avanzan a nuestro lado.
Hay un refrán que lo expresa muy bien: «No van lejos los de adelante si los de atrás corren bien». Porque el verdadero avance no consiste en llegar primero ni en dejar a todos atrás, sino en comprender que compartimos el camino y que nuestras decisiones también pueden facilitar o dificultar el recorrido de los demás.
En la vida también hay semáforos. A veces son una enfermedad, una dificultad, una pérdida o una situación inesperada que nos obliga a detenernos cuando lo último que queremos es hacer una pausa. Nos incomoda no poder seguir el ritmo que llevábamos, pero quizá ese alto nos permite ver aquello que estábamos pasando por alto.
Como escribió el filósofo Séneca: «No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho». Y quizá una de las formas de perderlo sea vivir tan apresurados que dejamos de prestar atención a lo verdaderamente importante.
La Biblia nos recuerda, en Proverbios 19:2, que «el que se apresura con los pies, peca». Una advertencia que también podemos aplicar a nuestras decisiones: no todo lo urgente es importante ni todo lo rápido nos lleva más lejos.
Al final, llegar seguros a casa no depende únicamente de cómo conducimos nosotros, sino también de cómo lo hacen los demás. Lo mismo ocurre en la vida: compartimos caminos y somos responsables de no convertir nuestro afán en un obstáculo para alguien más.
También hay que saber detenerse. Porque no siempre gana quien llega primero; a veces, el verdadero acierto está en llegar bien y permitir que los demás también lo hagan.