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octubre 19, 2026

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Ni lava ni presta la batea

En el trabajo, en las amistades y hasta en la familia, todos conocemos a alguien que parece tener una habilidad especial para complicarles la vida a los demás. No aporta soluciones, pero cuestiona las de otros. No se atreve a dar el paso, pero intenta convencerte de que tampoco lo des. Y, si alguien consigue avanzar, encuentra la manera de ponerle un obstáculo.

En México hay una expresión que describe muy bien esa actitud: «Ni picha, ni cacha, ni deja batear». Una frase beisbolera para referirse a quien no hace ni deja hacer. En República Dominicana tenemos otra: «Ni lava ni presta la batea». Distintas palabras para una misma conducta: esa extraña costumbre de frenar a los demás cuando uno no está dispuesto, o no es capaz, de avanzar.

Lo vemos a diario. En la oficina, cuando alguien desacredita a un compañero para evitar que consiga un ascenso. En los grupos de amigos, cuando una persona critica las decisiones ajenas porque no se atreve a tomar las propias. En la familia, cuando alguien intenta imponer su manera de vivir y descalifica a quien elige un camino diferente.

A veces, no queremos lo que otros tienen; simplemente, nos incomoda que puedan conseguirlo.

Y entonces, en lugar de trabajar en nuestras propias limitaciones, intentamos convertirnos en las limitaciones de los demás.

En la vida espiritual también pasa. En Mateo 23, Jesús cuestionó a los líderes religiosos que, lejos de acercar a las personas a Dios, se convertían en obstáculos para ellas. Más adelante, en Mateo 18:6, advirtió seriamente sobre hacer tropezar a quienes creen en Él.

Si ocupamos una posición desde la que podemos abrir puertas, no las cerremos por egoísmo, porque la coherencia no se demuestra señalando las faltas ajenas, sino procurando que nuestras acciones estén a la altura de nuestras palabras.

Al final, la pregunta es sencilla: ¿estamos ayudando a otros a avanzar o nos hemos convertido en parte del obstáculo?

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No se trata de lavar la batea por obligación ni de prestarla para recibir aplausos. Se trata de entender que, si no vamos a ayudar a alguien a avanzar, al menos no deberíamos ser quienes le impidan hacerlo. Porque una cosa es quedarse atrás y otra muy distinta es empeñarse en que nadie pase.

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