Cuando mi esposo y yo recién nos casamos y llegamos a vivir a Cancún, alquilamos nuestra primera casa. Era bonita, estaba en un buen lugar y, en teoría, tenía todo lo que buscábamos. Pero había algo que no terminaba de sentirse como hogar.
A los pocos meses, el dueño nos dijo que quería venderla y que tendríamos que mudarnos. Recuerdo que, de pronto, se me quitaron las ganas de decorar, arreglar cosas o imaginar cómo transformar aquel espacio. ¿Para qué invertir tanto en un lugar del que, tarde o temprano, tendríamos que salir?
Quizá por eso una casa propia produce una sensación distinta. No necesariamente porque sea más bonita, sino porque sentimos que podemos echar raíces. Colocar un cuadro, pintar una pared, mover los muebles o hacer planes para el futuro tiene otro significado cuando sabemos que nadie vendrá a decirnos que debemos entregar las llaves.
Y hace unos días pensé que, de alguna manera, así vivimos también en este mundo.
Nos comportamos como si esta fuera nuestra dirección definitiva. Nos aferramos a lo material, a los planes, a las posiciones, a lo que conseguimos y a todo aquello que nos hace sentir seguros. Construimos, acumulamos y protegemos como si pudiéramos quedarnos para siempre.
Pero quizá la fe consiste, entre otras cosas, en recordar que esta no es nuestra última casa.
Eso no significa vivir despreocupados ni dejar de disfrutar lo que tenemos. Significa aprender a sostenerlo sin convertirlo en nuestro único motivo para vivir.
Porque cuando entendemos que somos peregrinos, que andamos solo de paso, algunas cosas comienzan a ocupar el lugar que realmente les corresponde.
Las pérdidas siguen doliendo, las injusticias siguen indignando y los días difíciles siguen siendo difíciles. Pero aparece una certeza distinta: esto no es todo.
Jesús lo dijo de una manera que siempre me ha parecido extraordinariamente hermosa: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. (…) vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3).
Hay una parte de nosotros que anhela algo que este mundo no puede ofrecer de manera permanente: seguridad sin miedo, vida sin despedidas, descanso sin incertidumbre.
Y entonces, la metáfora de aquella casa alquilada cobra otro sentido. Podemos pintar las paredes de esta vida, hacerla bonita, disfrutarla, amar a quienes la habitan con nosotros y agradecer cada día que tenemos, pero sin olvidar que algún día tendremos que entregar las llaves.
La buena noticia es que, para quienes creen en la promesa de Cristo, la próxima casa no será alquilada. Será un hogar preparado por Dios, donde “no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21:4).
Quizá por eso podemos vivir aquí con más paz: porque sabemos que esta casa, por hermosa que sea, no es la última.