Hace unos días recibí un mensaje que me cambió el día.
Una amiga, dueña del lugar donde hago ejercicio, me escribió para felicitarme porque había llegado a mis 200 rodadas en bicicleta. Junto al mensaje, me envió una captura de pantalla de ese logro y unas palabras que, más que celebrar el número, celebraban el proceso.
Me dijo que estaba orgullosa de mí, que había visto cuánto había mejorado desde el primer día y que, a pesar de las altas y bajas, había seguido adelante.
Pudo haberlo pensado y quedarse con eso. Pudo haber visto mi progreso y decirse: «Qué bueno que Saiury ha sido constante». Pero decidió escribirlo. Y yo necesitaba leerlo.
Desde entonces, pienso en cuántas veces vemos cosas buenas en los demás y no las decimos.
Vemos a alguien esforzándose. A una madre que intenta hacerlo bien. A un amigo que está atravesando un momento difícil sin quejarse. A alguien que ha mejorado en su trabajo. A quien está intentando comer mejor, hacer ejercicio, acercarse a Dios, cuidar una relación o, simplemente, levantarse cada día y volver a intentarlo.
Lo vemos, pero nos quedamos callados.
Quizá porque nos da vergüenza. Porque pensamos que esa persona ya lo sabe. Porque creemos que nuestras palabras no cambiarán demasiado. O porque, curiosamente, nos resulta más fácil señalar lo que está mal que reconocer lo que está bien.
Pero ¿y si no lo sabe? ¿Y si justamente ese día estaba pensando en rendirse? ¿Y si sentía que nadie estaba viendo su esfuerzo? ¿Y si unas pocas palabras pudieran recordarle que su trabajo silencioso también está dando frutos?
El escritor William Arthur Ward dijo: «Sentir gratitud y no expresarla es como envolver un regalo y no entregarlo». Algo parecido ocurre con el reconocimiento. Un elogio que solo pensamos puede alegrarnos a nosotros, pero uno que pronunciamos puede llegarle a alguien que lo necesita.
Tal vez el éxito no siempre se parece a una gran meta cumplida. A veces tiene la forma de pequeñas decisiones repetidas: elegir mejor, perseverar, dedicar tiempo a Dios, estar presente para la familia, hacer un poco más de esfuerzo o, simplemente, no abandonar.
Y quizá también hay una forma de triunfar que poco tiene que ver con nosotros mismos: celebrar genuinamente el avance de otros.
La Biblia dice: «Animaos unos a otros, y edificaos unos a otros» (1 Tesalonicenses 5:11). No dice que esperemos a que alguien esté en la cima para hacerlo. Nos invita a acompañarnos en el camino.
Por eso, la próxima vez que pensemos algo bueno de alguien, quizá no deberíamos guardárnoslo. Digámoslo.
Porque hay mensajes que cambian el día. Y, a veces, tener la humildad y la generosidad de alegrarnos por el otro también es una forma de satisfacción.
Recuerda: quien aplaude los logros ajenos es alguien que ya triunfó por dentro.