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octubre 05, 2026

Voces

La pelota vuelve

Hace unos días estaba organizando mi clóset y saqué algunas prendas que ya no usaba. Algunas tenían años conmigo; otras guardaban recuerdos y alguna que otra todavía me gustaba. Pero sabía que, aunque me costara admitirlo, ya no las necesitaba.

Así que las puse en una bolsa para regalarlas. No sé si te ha pasado, pero a veces ocurre algo curioso: entregas algo que sabes que todavía tiene valor y, poco después, aparece en tu vida otra cosa que estabas esperando. Puede ser una oportunidad, una respuesta, una ayuda, una llamada o simplemente ese pequeño giro que necesitabas.

No creo que la vida funcione como una máquina expendedora en la que introduces generosidad y recibes una bendición a cambio. Dar no debería convertirse en una estrategia para conseguir algo.

Pero sí creo que hay algo que ocurre cuando damos de corazón, porque dar nos obliga a mirar más allá de nosotros mismos.

Vivimos en una época que nos repite constantemente: piensa en ti, cómpralo, consíguelo, mereces más. Y aunque pensar en nuestro bienestar también es importante, quizá necesitamos recordar, de vez en cuando, que no todo lo que tenemos fue hecho para quedarse en nuestras manos.

Una sonrisa, una palabra de ánimo, un abrazo, nuestro tiempo, una prenda que ya no usamos, un plato de comida, una oportunidad o incluso unos pesos pueden convertirse en una forma sencilla de decirle a alguien: “No estás solo”.

Mahatma Gandhi escribió: “El hombre se hace grande exactamente en la medida en que trabaja por el bienestar de sus semejantes”. Y quizá ahí está una de las primeras recompensas de dar: sentir que lo que tenemos puede servir para algo más que satisfacer nuestras propias necesidades.

La Biblia lo expresa de una manera todavía más directa: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7).

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Esto cambia completamente la manera de entender la generosidad. No se trata solamente de cuánto damos, sino de cómo lo hacemos.

Si vamos a dar con resentimiento, haciendo cuentas o esperando que la otra persona nos devuelva exactamente lo mismo, quizá hemos convertido un regalo en una deuda.

Pero cuando damos con alegría, algo se mueve dentro de nosotros. Nos sentimos útiles. Nos sentimos humanos. Recordamos que estamos aquí para algo más que acumular.

Y entonces sucede algo parecido a una partida de ping pong: la pelota sale de nuestras manos y, de alguna manera, encuentra el camino de regreso.

Quizá no vuelva de la misma forma, ni siquiera venga de la misma persona, pero vuelve: como paz, como gratitud, como propósito, como una puerta que se abre o como una bendición que no habíamos visto venir.

Porque, al final, la pelota vuelve.

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