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julio 14, 2026

Voces

Demasiado caro

Hace años, cada vez que le contaba un problema a una de mis mejores amigas, ella respondía con la misma frase, sin importar de qué estuviéramos hablando:

“Si te cuesta tu paz, es demasiado caro”.

Al principio me parecía una respuesta sencilla. Incluso llegué a pensar que, en ocasiones, exageraba. Con el paso del tiempo entendí que no era una respuesta fácil; era un criterio para vivir.

Hoy, cuando una preocupación me roba el sueño, cuando una conversación ocupa mi mente durante días o cuando una situación me impide disfrutar el presente, vuelvo a escuchar su voz como una alarma en mi conciencia. Entonces me hago una pregunta incómoda: ¿vale realmente el precio que estoy pagando?

Vivimos convencidos de que el lujo consiste en viajar más, ganar más dinero o adquirir más cosas. Pero el verdadero lujo de esta época es mucho más silencioso.

Es poder dormir sin darle vueltas a un problema que ya no depende de nosotros.

Es apagar el teléfono sin sentir ansiedad.

Es disfrutar una conversación sin revisar las notificaciones cada cinco minutos.

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Es tener una agenda que nos permita respirar, y no una que nos haga sentir permanentemente atrasados.

Es descubrir que no todo merece nuestra atención ni todas las batallas requieren nuestra participación.

Con los años también he aprendido otra lección: solo controlo aquello que realmente está bajo mi responsabilidad. Lo demás puede ocupar mi tiempo, pero no merece instalarse como residente permanente en mi cabeza.

No significa vivir despreocupados ni ignorar los problemas. Significa reconocer que hay cargas que nunca nos correspondió llevar.

A veces llenamos la agenda para evitar el silencio. Me pasa con frecuencia, lo confieso. Nos mantenemos ocupados porque detenernos implica mirar hacia adentro, enfrentar conversaciones pendientes o reconocer heridas que hemos aprendido a esconder entre pendientes y compromisos.

Sin embargo, la tranquilidad no nace de tener la agenda llena, sino el corazón en orden.

La Biblia describe esa paz de una manera que siempre me ha parecido hermosa:

“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7).

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No habla de una vida sin problemas. Habla de una paz capaz de permanecer aun cuando los problemas siguen ahí, porque hay alguien más poderoso que nos respalda.

Quizá por eso la paz no es la ausencia de dificultades, sino la decisión de no permitir que ellas gobiernen nuestra vida. Es depositar nuestros problemas en las manos correctas.

Hoy creo que la riqueza más escasa no es el tiempo, ni el dinero, ni el éxito.

Es la tranquilidad; esa que solo Dios puede dar.

Y cuando algo —una relación, un trabajo, una expectativa, una discusión o incluso nuestro propio afán por controlarlo todo— comienza a cobrarnos esa riqueza, conviene recordar una verdad tan sencilla como transformadora:

Si te cuesta tu paz, es demasiado caro.

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