Confieso que me encanta hacer listas. Escribo todo lo que tengo pendiente durante el día y siento una satisfacción casi infantil cada vez que puedo poner una palomita junto a una tarea terminada. Mientras más larga sea la lista, más productiva me siento. Hay días en los que completo casi todo y termino agotada, pero con la tranquilidad de haber sido “eficiente”.
Con el tiempo descubrí que el problema nunca fue la lista. Era que casi nunca me preguntaba qué era realmente importante.
Vivimos convencidos de que todo merece la misma urgencia. Corremos de una tarea a otra, respondemos mensajes apenas llegan, llenamos la agenda hasta el último espacio disponible y, cuando logramos terminarlo todo, volvemos a empezar.
Nos acostumbramos tanto a la velocidad que esperar comenzó a parecernos una pérdida de tiempo.
La tecnología ha hecho la vida más sencilla, y eso es una buena noticia. Hoy podemos hablar con alguien al otro lado del mundo en segundos, pedir comida desde el teléfono o resolver un trámite sin salir de casa. El problema no es la modernidad; el problema aparece cuando esa inmediatez deja de ser una herramienta y se convierte en una forma de vivir.
Entonces empezamos a querer todo para ahora. Nos desespera una fila. Nos incomoda el silencio. Nos cuesta escuchar a quien habla despacio. Nos impacientamos con nuestros abuelos porque su ritmo ya no coincide con el nuestro. Incluso las cosas buenas nos cuesta esperarlas.
Sin darnos cuenta, la prisa deja de estar en el reloj para instalarse en el corazón. Y ese quizá sea su mayor peligro.
Porque la prisa no solo nos roba la paciencia; también nos roba los momentos. Nos hace pasar por alto conversaciones, ignorar personas y vivir pensando siempre en lo que sigue, en lugar de habitar el presente.
Hay una diferencia enorme entre lo urgente y lo importante. Lo urgente reclama nuestra atención inmediata; lo importante construye la vida que tendremos mañana. Sin embargo, solemos sacrificar lo segundo para apagar incendios que aparecen cada día.
Recuerdo una escena de Alicia en el País de las Maravillas. El Conejo Blanco corre desesperado repitiendo una y otra vez: “¡Voy tarde! ¡Voy tarde!”. De niño parecía un personaje divertido; de adulto descubro que, muchas veces, somos nosotros.
Corremos tanto que olvidamos preguntarnos hacia dónde.
Jesús dejó una invitación que desafía nuestra obsesión por vivir acelerados: “No se afanen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán” (Mateo 6:34). No es un llamado a la irresponsabilidad, sino a no cargar un peso que todavía no nos corresponde.
Tal vez el verdadero desafío no sea llenar el día de tareas, sino dejar espacio para aquello que da sentido al día.
Hagamos algo para desacelerar: ¿y si mañana tachamos una tarea menos de la lista, pero vivimos un momento más de la vida?