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agosto 12, 2026

Voces

No era tuyo

Hay una razón por la que nunca me ha entusiasmado el gimnasio. No porque dude de sus beneficios. Al contrario. Sé que fortalecer los músculos implica resistencia, disciplina y, sobre todo, cargar peso. Ese esfuerzo, aunque incomoda, tiene un propósito. Se levanta una pesa durante unos segundos, se descansa y el cuerpo se recupera para volver a intentarlo.

Pero hace poco pensé en algo. ¿Qué pasaría si, en lugar de cargar esa pesa durante una hora, tuviéramos que llevarla sobre los hombros todo el día? ¿Y toda la noche? ¿Y mañana otra vez?

Lo que fortalece terminaría por destruirnos. Creo que así vivimos muchas veces. No con una barra de hierro sobre la espalda, sino con una carga mucho más pesada: la necesidad de controlar todo.

Queremos saber qué ocurrirá mañana, evitar cualquier problema, adelantarnos a cada dificultad, encontrar respuesta a cada pregunta y tener un plan para todo. Nos cuesta aceptar que hay circunstancias que nunca dependerán de nosotros.

Entonces vivimos tensos.

Como si el mundo fuera a desmoronarse el día que dejemos de sostenerlo. El problema es que nunca nos pidieron hacerlo. Hay una diferencia enorme entre ser responsables y querer ser indispensables.

Controlamos nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestras acciones. Pero no las decisiones de los demás. No el futuro. No el tiempo. No la enfermedad. No la voluntad de otras personas.

Y, sin embargo, insistimos en cargar ese peso.

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Un amigo solía explicarlo con un jabón de barra. Decía que, si lo sostienes con demasiada fuerza, termina resbalando; pero si lo sueltas por completo, también se cae. La sabiduría está en aprender a sostenerlo con la presión suficiente.

Pienso que la vida funciona de manera parecida. No fuimos llamados a aferrarnos a todo, ni tampoco a desentendernos de todo. Hay responsabilidades que nos corresponden y otras que nunca estuvieron en nuestras manos.

La escritora Elisabeth Elliot escribió: “La fe no elimina las preguntas; simplemente sabe en quién confiar mientras llegan las respuestas.”

Quizá por eso Jesús hizo una invitación tan difícil como liberadora: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso” (Mateo 11:28).

Y el apóstol Pedro añadió otra imagen hermosa: “Depositen en Él toda ansiedad, porque Él cuida de ustedes” (1 Pedro 5:7).

Confiar no significa dejar de actuar. Significa dejar de cargar aquello que nunca nos correspondió sostener.

Porque, al final, no es el peso de la vida lo que suele agotarnos. Es el peso de aquello que, desde el principio, no era mío, no era tuyo, no era nuestro.

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