Vivimos rodeados de comparaciones.
Basta con abrir las redes sociales para encontrarnos con personas que parecen tener la relación perfecta, el trabajo de sus sueños, una familia feliz o una vida llena de logros.
Sin darnos cuenta, comenzamos a medir nuestra vida con la de los demás.
El problema no es compararnos ocasionalmente, sino cuando esa comparación se convierte en una forma constante de evaluar nuestro propio valor.
“Ella ya logró lo que yo quería”, “todos están avanzando menos yo”, “¿por qué no puedo tener una vida así?”.
Estos pensamientos pueden hacernos sentir insuficientes, aunque nuestra realidad no tenga nada de insuficiente.
Las redes sociales, además, muestran momentos seleccionados de la vida de otras personas, no la historia completa.
Comparar nuestro día a día con la versión que alguien decidió compartir es una comparación poco justa: estamos observando nuestro proceso completo frente a una pequeña parte del proceso de alguien más.
Cada persona tiene circunstancias, recursos, tiempos y prioridades diferentes.
Que alguien esté en un lugar distinto al nuestro no significa que nosotros estemos atrasados.
A veces estamos tan pendientes de mirar hacia dónde van los demás que dejamos de preguntarnos hacia dónde queremos ir nosotros.
El bienestar también implica aprender a reconocer nuestros propios avances. Quizá no estés donde imaginabas hace algunos años, pero eso no significa que no hayas recorrido un camino importante.
En lugar de preguntarte: “¿por qué no tengo lo que tiene alguien más?”, quizá puedas comenzar a preguntarte: “¿qué necesito yo en este momento?” y “¿qué pequeño paso puedo dar hacia la vida que quiero construir?”.
Tu vida no necesita parecerse a la de nadie para tener valor. No estás compitiendo. Estás construyendo tu propio camino.
Psic. Danya Torres
Directora de Anavya
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