Sócrates decía que la verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia.
Cuando alardeamos sobre nuestras virtudes, no damos oportunidad a otros que la descubran.
Peor aún, muchas veces de eso que tanto ostentamos es lo que nos falta.
No en vano existe el refrán: dime de qué presumes y te diré de qué careces.
Cuando sentimos la necesidad de hablar o mostrar demasiado nuestras cualidades, logros o posesiones, sin darnos cuenta, estamos gritando precisamente lo que no somos, no tenemos ni hemos logrado; es como una forma absurda y contraproducente de ocultar nuestras inseguridades.
Es simplemente un triste mecanismo de defensa para obtener la validación externa o convencer a otros de una falsa imagen de nosotros mismos, pero todo cae por su propio peso.
Quien sabe lo que es y lo que vale no necesita que nadie más lo sepa.
La calidad no se anuncia, se demuestra sola.
En la Biblia, Romanos 12:3 enfatiza: “No crean que son mejores de lo que realmente son. Más bien, sean honestos en su autoevaluación, midiéndose por la fe que Dios nos ha dado”.
Tampoco es caer en el error de no conocernos, no saber lo bueno que hay en nosotros o esperar que otros nos validen.
Ni se trata de una falsa humildad o no ser capaces de recibir un cumplido o no creernos merecedores de lo bueno que nos pasa o no aspirar a llegar lejos.
Cada cosa en su justa dimensión. El punto es no jactarse, no creernos mejor que nadie y no buscar fuera lo que necesitamos cultivar dentro.
Todos hemos conocido personas muy talentosas, que han logrado grandes hazañas o que poseen mucho dinero y son las más sencillas, ni pareciera lo que son ni lo que tienen; y menos lo viven anunciando con un altoparlante.
Son gente tan humilde que al conversar con ellos se siente cercanía y todo fluye de manera espontánea.
No se trata sobre un monólogo, ni una competencia de quién tiene más o una exposición kilométrica de su currículo profesional.
El estar con ellos se siente como lo que es: personas hablando con personas, de temas diversos, de situaciones en común.
Escuchando, compartiendo, sin tanto alardeo.
Son seres humanos que entendieron la primera y principal regla social de convivencia: todos somos iguales, tenemos mucho que aportar y merecemos respeto. Cada quien tiene sombras y luces, virtudes y defectos.
En el mismo capítulo citado de Romanos, un poco más adelante en el verso 16 lo resume mejor:
“Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben”.
Recuerda: El árbol más cargado de frutos es el que más baja sus ramas, porque a mayor valor, mayor humildad.

