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julio 07, 2026

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El “no” también cuida

Siempre me he considerado una persona profundamente leal. De esas que conservan amistades desde el colegio porque disfrutan ver crecer a las personas con el paso de los años. Me gusta llegar a ese punto donde una mirada basta para saber que alguien no está bien, aunque responda con el acostumbrado “todo bien”.

Me gusta sentir que existen personas que, sin compartir mi sangre, terminan convirtiéndose en familia.

Quizá por eso las despedidas siempre me han dolido.

He perdido amistades, relaciones y personas que pensé que permanecerían para siempre. Durante mucho tiempo me pregunté por qué algunas historias tenían que terminar cuando yo todavía quería seguir escribiéndolas.

Hasta que un día encontré una frase que cambió mi manera de mirar las pérdidas:

“Dios quitó personas de tu vida porque escuchó conversaciones que tú nunca oíste”.

No sé si esa frase sea literalmente cierta. Pero sí encierra una verdad que he aprendido con los años: muchas veces sufrimos por aquello que desconocemos. El ser humano no tiene la capacidad de observar el panorama completo.

Nos cuesta aceptar que alguien se vaya. Nos cuesta entender por qué un trabajo no llegó, por qué una oportunidad desapareció o por qué una puerta se cerró justo cuando estábamos convencidos de que era la correcta.

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Con el tiempo descubrí que no todo lo que perdemos es un castigo. Hay pérdidas que son dirección. Hay despedidas que son protección. Hay puertas cerradas que, vistas desde el futuro, terminan siendo un acto de misericordia.

Porque también existen personas genuinamente buenas que, simplemente, no eran buenas para nosotros. Hay trabajos que parecían ideales, pero que habrían apagado nuestra paz. Hay sueños que no se cumplieron porque, de haberlo hecho, quizá nunca habríamos encontrado aquello que realmente necesitábamos.

Nos encanta agradecer por las oraciones respondidas. Contamos con entusiasmo los milagros, las puertas abiertas y las bendiciones visibles. Pero pocas veces damos gracias por aquello que Dios decidió no concedernos.

Y, sin embargo, quizá ahí también estaba su amor.

La Biblia lo anticipa cuando Dios declara:

“Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos” (Isaías 55:8).

Y también cuando afirma que, aunque el ser humano haga muchos planes, “el propósito del Señor es el que permanece” (Proverbios 19:21).

Hoy entiendo que no todas las bendiciones llegan en forma de un “sí”. Algunas llegan disfrazadas de ausencia, de espera o de un “todavía no”.

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Y con el paso del tiempo descubres que aquello que más lamentabas… fue precisamente lo que te permitió encontrar el lugar donde realmente debías estar.

Después de todo, algunas de las mayores bendiciones de nuestra vida comienzan con algo que, en su momento, llamamos decepción.

Y quizá por eso también vale la pena dar gracias por lo que no fue.

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