Hace unos días, mientras viajaba con unos amigos, surgió una conversación que parecía casual. Hablábamos de esas personas que reciben de sus padres no solo una buena educación, valores sólidos, estabilidad emocional y disciplina, sino también una herencia económica o una red de apoyo que les permite avanzar con mayor facilidad en la vida.
Uno de mis amigos, entre risas, comentó que él no heredaría nada de sus padres. “Bueno, sí”, corrigió enseguida, “los traumas y algunas deudas”. Todos nos reímos. Sin embargo, detrás de la broma se escondía una cuestión interesante: ¿qué tanto de lo que somos y de lo que logramos nos pertenece exclusivamente?
Vivimos en una cultura que exalta la autosuficiencia. Nos encantan las historias de quienes aseguran haber llegado lejos únicamente gracias a su esfuerzo. Repetimos frases poco humildes como “todo lo que tengo me lo gané yo” o “nadie me regaló nada”, porque nos hacen sentir dueños absolutos de nuestra historia.
Pero para creer eso hay que olvidar muchas cosas.
Hay que olvidar a quien nos enseñó una habilidad cuando apenas comenzábamos. A quien nos recomendó para un trabajo. A quien nos abrió una puerta, nos dio una oportunidad o nos presentó a la persona indicada en el momento oportuno. Hay que ignorar a quienes invirtieron tiempo, recursos y confianza en nosotros cuando todavía no habíamos demostrado nada.
Por supuesto, el esfuerzo personal importa. Nadie puede recorrer nuestro camino por nosotros. Las horas de trabajo, la perseverancia y las decisiones que tomamos tienen un peso real en los resultados que obtenemos. Sin embargo, también es cierto que muchas veces confundimos mérito con privilegio y olvidamos que no todos comenzaron desde el mismo punto de partida.
La vida se parece mucho a una carrera en la que no todos escuchan el disparo de salida desde la misma línea. Algunos comienzan varios pasos adelante, mientras otros deben recuperar terreno antes siquiera de pensar en avanzar.
Hay personas tan inteligentes, disciplinadas y capaces como cualquiera de nosotros que simplemente no tuvieron acceso a las mismas oportunidades. Algunos crecieron en hogares donde estudiar era una prioridad; otros tuvieron que trabajar desde muy jóvenes. Algunos contaron con mentores, contactos o apoyo económico; otros tuvieron que construir cada paso desde cero.
Como escribió Isaac Newton: “Si he visto más lejos, es porque estoy sentado sobre hombros de gigantes”. La frase resume una verdad incómoda para el orgullo humano: gran parte de lo que alcanzamos descansa sobre el esfuerzo previo de otras personas.
Quizás por eso, cada vez que sentimos la tentación de atribuirnos por completo nuestros logros, conviene hacer una pausa y mirar hacia atrás. Allí encontraremos maestros, padres, amigos, mentores, familiares y hasta desconocidos que, de una forma u otra, contribuyeron a nuestro recorrido.
Después de todo, por mucho que nos guste contar la historia como una conquista individual, la verdad suele ser mucho más sencilla: nadie llega solo.