Hay frases que parecen simples hasta que la vida se encarga de explicarlas. Mi abuela repetía una que con los años dejó de sonar a refrán y comenzó a parecer una brújula:
“Uno es de donde se implica.”
No de donde nace, no de donde presume, no de donde se toma la fotografía. De donde se implica.
Vivimos tiempos en los que abundan las opiniones, los diagnósticos y las críticas.
Todos tenemos algo que decir sobre la ciudad, el gobierno, los jóvenes, la inseguridad, la educación o el abandono de los espacios públicos.
Sin embargo, pocas personas están dispuestas a dedicar tiempo, esfuerzo o talento para cambiar aquello que tanto les preocupa.
La implicación es una forma de pertenencia.
Es asistir cuando nadie obliga, organizar cuando nadie coordina, escuchar cuando todos hablan y construir cuando otros esperan que alguien más lo haga.
Por eso hay personas nacidas en un lugar que nunca llegan a ser parte de él, y otras que llegaron de lejos y terminan convirtiéndose en su conciencia, en su memoria y, muchas veces, en su esperanza.
He conocido ciudadanos que no aparecen en los titulares, pero sostienen comedores comunitarios, rescatan espacios abandonados, acompañan a personas con adicciones, impulsan proyectos culturales o ayudan a jóvenes que atraviesan una crisis silenciosa.
No piden reconocimiento; simplemente decidieron implicarse.
Ellos entendieron que la transformación social no empieza con grandes discursos, sino con pequeños actos de responsabilidad compartida.
También he visto organizaciones de la sociedad civil que, con recursos limitados, logran lo que a veces las instituciones no alcanzan: tender puentes, crear redes, devolver dignidad y demostrar que la solidaridad organizada puede convertirse en una política cotidiana.
La identidad no se construye únicamente con raíces; también se construye con acciones.
Pertenecer es comprometerse. Amar un lugar es hacerse cargo de una parte de él. Y esa verdad vale para una colonia, una ciudad, un estado o un país entero.
Quizá por eso, cuando alguien me pregunta de dónde soy, ya no pienso solo en el lugar donde nací.
Pienso en las causas que he abrazado, en las personas con las que he caminado y en los proyectos a los que les he entregado tiempo, energía y convicción.
Como decía mi abuela, uno es de donde se implica. Y en tiempos donde tanta gente espera que alguien haga algo, tal vez la verdadera pregunta sea: ¿en qué lugar, en qué causa y con quién has decidido implicarte tú?
Por eso solo activando Voluntades lograremos una Sociedad de Igualdad de Respeto pero sobre todo de Amor.
Sociedad civil organizada…Futuro Sostenible
Dra. Peláez