Hace poco escuchaba a alguien hablar con profunda decepción de una persona cercana. No lograba entender por qué, después de todo lo que había hecho por ella, recibía tan poco a cambio.
Mientras la escuchaba, recordé un refrán que todos hemos oído alguna vez: “Nadie da lo que no tiene”.
Muchas de nuestras frustraciones nacen porque esperamos de los demás aquello que nosotros estamos preparados para ofrecer.
Nos sorprende que alguien no sea detallista como nosotros, que no exprese cariño de la misma manera, que no agradezca, que no escuche, que no permanezca o que no cuide.
Y, sin darnos cuenta, comenzamos a medir a los demás con la regla de nuestro propio corazón. Sin embargo, la vida rara vez funciona así, porque simplemente cada persona es diferente.
No le pediríamos a un ingeniero que realizara una cirugía, ni esperaríamos encontrar uvas en un árbol de manzanas. Sabemos que cada persona desarrolla habilidades distintas y que nadie puede ofrecer un conocimiento que nunca adquirió ni practicó.
Curiosamente, esa lógica nos resulta evidente en lo profesional, pero solemos olvidarla cuando hablamos de las relaciones personales.
Admiro profundamente a quienes crecieron en hogares marcados por la violencia y, aun así, eligieron convertirse en personas llenas de ternura. A quienes nunca recibieron palabras de afirmación, pero aprendieron a animar a otros. A quienes conocieron la escasez y hoy son generosos con lo poco o mucho que tienen.
Ellos existen y, precisamente por eso, los admiramos: porque decidieron romper una cadena. Son personas que eligieron transformar su historia, aunque representan una excepción y no necesariamente la regla.
La mayoría amamos desde el amor que conocimos. Pedimos perdón como nos enseñaron. Expresamos afecto según el lenguaje emocional que aprendimos en casa.
No porque seamos buenos o malos, sino porque nadie puede entregar con naturalidad aquello que nunca cultivó dentro de sí.
El psicólogo Carl Rogers escribió: “La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”. Quizá ese principio también aplica a quienes nos rodean.
Antes de exigir que alguien sea diferente, vale la pena comprender desde dónde está actuando, qué experiencias lo formaron y qué herramientas tiene para relacionarse con los demás.
Eso no significa justificar cualquier comportamiento ni permanecer en lugares donde existe maltrato. Comprender a alguien no implica renunciar a nuestros límites.
Significa, más bien, ajustar nuestras expectativas a la realidad y dejar de esperar peras del olmo.
Jesús expresó esta misma idea con una imagen inolvidable: “Cada árbol se conoce por su fruto… El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno” (Lucas 6:43-45).
El fruto siempre revela lo que hay en el interior.
Quizá la verdadera sabiduría consiste en dejar de preguntarnos por qué alguien no nos dio aquello que esperábamos y comenzar a preguntarnos qué había realmente dentro de esa persona para ofrecer.
Porque, al final, muchas de nuestras decepciones comienzan cuando esperamos de los demás aquello que nunca tuvieron para dar.
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