Hay estructuras que parecen sólidas por fuera, pero que por dentro están llenas de grietas. Mientras todos mantienen las apariencias, la casa continúa en pie. Sin embargo, cuando las fracturas internas se profundizan, llega un momento en que ya no es necesario un enemigo externo para provocar su caída: la propia división comienza a hacer el trabajo destructivo.
Jesucristo expresó esta realidad con una sentencia contundente: “Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado; y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá” (Mateo 12:25).
Aunque Jesús no estaba hablando de partidos políticos, su principio resulta pertinente para comprender la vida pública. Toda organización necesita cohesión para sobrevivir. Un partido político puede enfrentar oposición, críticas y competencia electoral; lo verdaderamente peligroso ocurre cuando las diferencias internas dejan de procesarse mediante el diálogo, la deliberación y las reglas institucionales, y se convierten en luchas por el control.
Cuando los líderes olvidan que, en un sistema democrático, las diferencias son elementos esenciales de su naturaleza, dejan de utilizarlas para sumar y multiplicar resultados y comienzan a emplearlas para dividir y restar. En consecuencia, terminan debilitándose a sí mismos y afectando el avance de los objetivos del bien común.
La democracia no exige unanimidad. Al contrario, necesita pluralidad, debate y alternancia. El problema aparece cuando la legítima discrepancia se transforma en facción; la facción, en confrontación; y la confrontación, en una dinámica de destrucción mutua.
En la política quintanarroense, donde comienzan a definirse posiciones, alianzas, liderazgos y proyectos con la mirada puesta en el futuro electoral, existe una responsabilidad que trasciende a cualquier partido: no permitir que la lucha por el poder termine debilitando las instituciones que hacen posible la democracia.
Una organización puede conservar sus siglas y perder su unidad; puede conservar a sus dirigentes y perder credibilidad; puede ganar una elección y, paradójicamente, perder su proyecto.
Hoy, la política requiere líderes sabios, no solamente inteligentes.
La Escritura ofrece otro principio de enorme actualidad: “La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1).
Esto no significa convertir la política en un espacio sin crítica. La corrupción debe denunciarse, las decisiones deben cuestionarse y los gobernantes deben rendir cuentas. Pero criticar no es difamar; disentir no es destruir; competir no significa deshumanizar al adversario.
Pablo exhorta: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18). La paz bíblica no es ausencia de conflicto, sino la capacidad de enfrentar las diferencias sin convertirlas en odio.
¿Quién gana cuando todos están contra todos?
Esta es quizá la pregunta que deberíamos hacernos cuando observamos una creciente confrontación política: ¿qué sucede cuando una organización consigue derrotar internamente a sus propios miembros, pero termina debilitándose frente a la ciudadanía?
En una democracia, el costo de la división partidista no siempre lo pagan los dirigentes. Puede pagarlo la sociedad mediante la pérdida de confianza, la polarización, la parálisis institucional y el desencanto ciudadano.
Por eso, más allá de colores, siglas o proyectos electorales, Quintana Roo necesita una política con memoria institucional, responsabilidad ética y capacidad de diálogo.
Porque después de las elecciones seguiremos compartiendo las mismas calles, municipios, instituciones y problemas. Los políticos seguirán juntos, incluso formando alianzas con quienes en tiempos electorales fueron sus adversarios, mientras continúan percibiendo sus salarios. En cambio, el pueblo puede quedar resentido con su vecino por haber apoyado a un color diferente y continuar enfrentando problemas sociales que permanecen sin resolverse.
La política no debería convertir a los ciudadanos en enemigos por sus preferencias electorales. Las diferencias políticas son legítimas; lo que no debería ser normal es que esas diferencias terminen rompiendo el tejido social.
Una casa dividida puede mantenerse en pie durante algún tiempo. Pero cuando sus habitantes prefieren derribarla antes que ponerse de acuerdo sobre cómo repararla, tarde o temprano, colapsa.
Y la pregunta que queda para todos —políticos y ciudadanos— es sencilla:
¿Estamos construyendo una casa donde podamos convivir, o estamos colocando las primeras piedras de nuestra propia ruina?