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septiembre 14, 2026

Voces

¡Feliz Día Internacional del Karst!

…porque a él le debemos tanto; porque es lo que nos distingue profundamente de otros lugares turísticos y porque es una gran parte de nuestra identidad como playenses, quintanarroenses y yucatecos.

¿Y qué es?

Contrariamente a lo que algunos piensan, no es un tipo de roca, sino un conjunto de procesos que forman cuevas a través de la acción del agua, la biomasa y la atmósfera sobre rocas calizas.

Las rocas calizas se han formado a partir de organismos marinos muertos, cuyos esqueletos y conchas se depositan como sedimentos que, con el tiempo, se van compactando. La roca caliza es, precisamente, ese sedimento compactado.

Luego, debido a los descensos del nivel del mar y a los movimientos tectónicos, esta roca queda expuesta. A partir de ese momento entra en acción el karst: la roca caliza absorbe el agua como una esponja y es lentamente transformada por ella.

Existe una acción mecánica que desgasta la roca, pero también una acción química. El agua de lluvia, al haber absorbido CO₂ de la atmósfera y del suelo, adquiere una ligera acidez que va disolviendo la roca y formando surcos, huecos y ríos subterráneos. Cuando ocurre un colapso del techo, estos espacios quedan expuestos a la intemperie y pueden formarse una cueva o un cenote.

Es importante mencionar que el agua dulce se encuentra por encima del agua salada y que, gracias a esa capa de agua dulce, existen la selva, los animales y los seres humanos en la península.

Por eso, el karst nos da agua y vida a todos.

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Gracias a este sistema de piedra-esponja, que forma una enorme red de drenajes subterráneos, las plantas obtienen agua; gracias a los colapsos, los animales pueden acceder a ella, y nosotros podemos existir.

Pero, además, hemos encontrado sustento económico en toda una industria alrededor de este paisaje único.

Gracias a que nuestro karst es relativamente joven, las cuevas son de fácil acceso, muy numerosas e interconectadas, y están decoradas con espeleotemas como en pocos lugares del mundo. Gracias al karst —y a las playas, con las que está profundamente interconectado—, el resto del país dice que vivimos en el paraíso.

Por todo esto, nos conviene sabernos afortunados y valorar el tesoro que tenemos, así como impulsar la protección de estos espacios.

No entremos a los cenotes con químicos, como los bloqueadores solares, y no dejemos basura en las cuevas. Todos debemos presionar al gobierno para impulsar la instalación y el mejoramiento de los drenajes existentes, así como el tratamiento adecuado de las aguas residuales.

Mientras eso no suceda, seguiremos dando patadas a aquello a lo que deberíamos rendir culto.

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