Siempre he sido olvidadiza. De niña perdía cosas con frecuencia y, aunque crecer y empezar a comprarlas con mi propio dinero me enseñó a cuidarlas mejor, parece que hay costumbres que se resisten a desaparecer.
Hace unos días perdí uno de mis audífonos inalámbricos. Lo busqué por toda la casa, revisé varias veces los mismos lugares y hasta la señora que me ayuda con la limpieza se sumó a la búsqueda. Pasaron tres días y nada. Me preocupaba tener que comprar otros o resignarme a utilizar uno solo.
Después de buscar casi desesperada, decidí detenerme y hacer una oración sencilla: «Señor, por favor, ayúdame a encontrar el audífono. Yo sé que está aquí, en la casa, pero ayúdame». Volví a buscar en un lugar que ya había revisado y allí estaba.
Podría parecer una anécdota insignificante. Después de todo, no se trataba de una enfermedad ni de una situación de vida o muerte. Pero, en ese momento, aquel audífono era mi gran problema. Me estaba quitando la tranquilidad, y encontrarlo significaba mucho más de lo que habría imaginado.
Entonces recordé cuántas veces, desde niña, había orado por cosas que quizás otros considerarían pequeñas y había sentido que Dios me respondía. No siempre mediante grandes milagros ni de la forma que esperaba, sino a través de esos momentos cotidianos que me recuerdan que no estoy sola.
Quizá por eso me gusta pensar que Dios está en los detalles.
A veces reservamos la oración para las grandes crisis, las decisiones difíciles o las situaciones que parecen superar nuestras fuerzas, como si necesitáramos una razón extraordinaria para hablar con Él. Sin embargo, cuando conversamos con un amigo, no le contamos solamente las noticias importantes. También compartimos las pequeñas preocupaciones del día, lo que nos hizo reír o aquello que nos inquieta sin que sepamos muy bien por qué.
¿Por qué tendría que ser diferente nuestra relación con Dios?
Jesús nos enseñó a acercarnos a Dios como a un Padre. Y un padre no se interesa únicamente por los acontecimientos extraordinarios de la vida de sus hijos; también quiere conocer sus inquietudes cotidianas.
Claro que no todas las oraciones reciben la respuesta que esperamos, ni siempre encontramos lo que buscamos en el momento en que lo pedimos. La fe no consiste en creer que Dios resolverá cada contratiempo a nuestra manera, sino en confiar en que podemos acudir a Él, incluso cuando no entendemos lo que sucede.
Mi audífono también me dejó otra lección: la desesperación no me había permitido ver lo que tenía delante. Buscaba tanto y tan rápido que repetía los mismos movimientos sin prestar verdadera atención.
Como dice el Salmo 46:10: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios».
A veces necesitamos detenernos para pensar con claridad, reconocer las pistas que habíamos pasado por alto y recuperar la paz que la prisa nos roba.
Desde aquel día, cuando recuerdo la historia de mi audífono, pienso en esas dos lecciones: que puedo hablar con Dios de las cosas grandes y pequeñas, y que no siempre necesito buscar más desesperadamente; a veces necesito buscar con más calma.
Porque Dios está en los detalles. Y quizá, si aprendemos a detenernos un poco, descubramos que muchas de las respuestas que necesitamos también estaban allí, esperando que pudiéramos verlas.

