Hace unos días leí una frase que se me quedó dando vueltas en la cabeza: «Te inquietas demasiado para ser alguien a quien Dios jamás ha dejado solo». La leí una vez y volví a leerla. ¿Cuántas veces nos hemos ahogado en un vaso de agua por situaciones que todavía ni siquiera han ocurrido?
Nos preocupamos por una respuesta que no llega, una puerta que parece cerrada, una decisión difícil o un futuro que no podemos controlar. Imaginamos escenarios, anticipamos problemas y terminamos agotados por batallas que aún no hemos peleado. Y, en medio de tanta inquietud, olvidamos algo: no es la primera vez que atravesamos una dificultad.
¿Recuerdas aquella vez en que pensaste que no encontrarías una salida y, de alguna manera, apareció? ¿Recuerdas aquella oración que hiciste con lágrimas y que recibió respuesta, aunque no fuera como esperabas? ¿Y a las personas que llegaron en el momento oportuno o las fuerzas que encontraste cuando creías no tener ninguna?
A veces, necesitamos menos imaginación para anticipar desgracias y más memoria para reconocer las veces que hemos sido sostenidos.
Elena G. de White escribió: «No tenemos nada que temer del futuro, a menos que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido y lo que nos ha enseñado en nuestra historia pasada».
Esto no significa que todo sea fácil ni que siempre obtengamos lo que pedimos. Significa que podemos mirar nuestra historia y encontrar razones para seguir adelante, incluso cuando todavía no conocemos el desenlace.
En el Salmo 77:11, el salmista declara: «Me acordaré de las obras de Jehová; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas». Es una invitación a recordar intencionalmente, porque la preocupación tiene una manera particular de hacernos olvidar lo bueno y agrandar lo incierto.
Quizás hoy no tengas todas las respuestas. Tal vez esa situación que te roba el sueño siga sin resolverse. Pero, antes de dar por sentado que todo saldrá mal, detente un momento y recuerda cuántas veces llegaste hasta aquí sin saber cómo lo harías.
No se trata de negar los problemas ni de vivir despreocupados. Se trata de no permitir que el miedo al mañana nos haga olvidar quién nos acompañó ayer.
Haz memoria. A veces, la tranquilidad que tanto buscamos no llega cuando conocemos el futuro, sino cuando recordamos quién ha estado con nosotros a lo largo del camino.
