Pepe Tiburón / Grupo Cantón
Una fotografía documenta la intervención de una cueva y recuerda la fragilidad del karst que sostiene el acuífero del Caribe mexicano.
Cancún.— Esta fotografía la tomé yo dentro de una cueva que conocimos cuando aún estaba prístina. Se encuentra en la Península de Yucatán, en el corazón del karst que sostiene al Caribe mexicano.
En ella se observa la belleza de las formaciones calizas. También muestra la profundidad de una perforación que alcanza el agua subterránea. Un grupo de personas aparece en la imagen mientras documentaba los daños.
Lo que parece una imagen imposible, casi generada por inteligencia artificial, es en realidad el registro directo de una intervención humana. Una intervención que pareciera carecer de inteligencia sobre uno de los ecosistemas más frágiles y menos comprendidos del planeta.
Una cueva intervenida y un acuífero vulnerable
Esa cueva, como cientos de otras directamente dañadas, estaba cubierta por selva. Debajo de ella circula el acuífero que conecta la vegetación, el manglar y el arrecife.
En lugar de comprender el territorio, alguien perforó la roca para introducir estructuras metálicas rellenas de concreto. Además, se derramaron combustibles y aceites. También se vertieron toneladas de cemento, ácidos y basura.
La corrosión continúa.
Donde antes había agua, biodiversidad, memoria geológica y patrimonio cultural, ahora existe una obra. Sus impactos fueron advertidos una y otra vez.
El valor de las cuevas y el karst
El 13 de septiembre fue proclamado por la UNESCO como el Día Internacional de las Cuevas y el Karst. La fecha surgió a partir de una iniciativa impulsada por la Unión Internacional de Espeleología.
Este día recuerda la importancia de estos sistemas. Las cuevas y los paisajes kársticos resguardan agua y biodiversidad subterránea. Además, conservan archivos geológicos y un patrimonio natural y cultural invaluable.
También nos recuerdan su enorme vulnerabilidad.
Lo que pudo evitarse
Si, en vez de escuchar a hoteleros, empresarios y políticos sin escrúpulos, se hubiera escuchado a especialistas congruentes, esta cueva seguiría cumpliendo su servicio ecosistémico.
Lo mismo ocurriría con tantas otras cuevas como ella.
El sitio seguiría siendo morada de especies en peligro de extinción. También continuaría protegiendo el agua y formando parte de un tesoro natural y cultural.
Ese patrimonio no nos pertenece para destruirlo. Por el contrario, tenemos el privilegio de resguardarlo.
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Es verdad que hoteles, casas, carreteras y zonas urbanas también han causado impactos similares. Precisamente por eso insistíamos en reparar los errores del pasado.
Además, debíamos aprovechar las áreas que ya habían sido impactadas.
Sabíamos el daño que esta obra causaría en la selva, el karst y nuestra agua. Lo advertimos.
Esta imagen forma parte de esa evidencia.
La destrucción está a la vista
Quien defiende esta destrucción o la justifica con demagogia y devoción política se niega a ver el daño al ecosistema.
Sin embargo, la realidad está ahí. Se encuentra en la roca perforada, en el agua expuesta, en las cuevas intervenidas y en la selva vulnerada.
No se trata solamente de una cueva. Hablamos del sistema que existe debajo de nuestros pies y que sostiene buena parte de la vida en el Caribe mexicano.
Por ello, lo aprendido debe servirnos para defender con mayor efectividad la selva que cobija el karst, las cuevas y nuestra agua.
El paraíso en el que vivimos depende de ello.
Fotografía y texto: José Urbina Bravo.