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mayo 29, 2026

Voces

Una lectura de Quevedo para la política de hoy

Pero Jesús los llamó y les dijo: —Ustedes saben que a los que gobiernan entre las naciones les gusta mostrar su poder.

A sus principales dirigentes les gusta ejercer su autoridad sobre la gente. S. Mateo 20:25

En el siglo XVII, Francisco de Quevedo escribió una advertencia que atraviesa los siglos con inquietante actualidad: los gobiernos comienzan a caer no cuando pierden riqueza, sino cuando pierden virtud.

En su obra Política de Dios, gobierno de Cristo nuestro Señor denunció a los gobernantes que convertían el poder en espectáculo y la justicia en apariencia.

Hoy, esa crítica parece describir buena parte de la política contemporánea.

Vivimos en la era de la propaganda permanente.

Las redes sociales, los discursos emotivos y la producción masiva de imagen pública han transformado la política en una batalla narrativa. Importa más controlar la percepción que resolver los problemas estructurales.

La verdad suele quedar subordinada al impacto mediático. Y cuando una sociedad comienza a confundir publicidad con gobierno, inicia silenciosamente su decadencia institucional.

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México enfrenta precisamente ese riesgo. Mientras aumentan los mensajes oficiales sobre transformación, desarrollo o bienestar, millones de ciudadanos continúan enfrentando inseguridad, corrupción e impunidad.

En estados como Quintana Roo, el crecimiento económico convive con profundas fracturas sociales.

Hoteles de lujo y zonas marginadas coexisten en la misma geografía. El contraste revela una verdad incómoda: el progreso material no garantiza salud moral ni justicia social.

Quevedo entendía que el principal enemigo de una nación no siempre está fuera de sus fronteras.

A veces se encuentra dentro de las instituciones, escondido detrás de la adulación, el oportunismo y la simulación.

Los antiguos cortesanos hoy tienen nuevas formas: operadores mediáticos, burocracias complacientes y liderazgos construidos sobre emociones instantáneas más que sobre responsabilidad pública.

Sin embargo, reducir el problema únicamente a partidos políticos sería insuficiente. La decadencia también refleja una crisis cultural.

Una sociedad acostumbrada a la desinformación, al cinismo y a la polarización termina debilitando su propia capacidad crítica.

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Cuando el ciudadano deja de exigir verdad y justicia, el poder aprende rápidamente que puede gobernar mediante narrativas antes que mediante resultados.

Desde una perspectiva ética y teológica, Quevedo defendía una idea fundamental: toda autoridad debe reconocer límites morales superiores a sí misma.

El gobernante que pierde el sentido de responsabilidad termina absolutizando el poder. Y todo poder absoluto, tarde o temprano, degrada la dignidad humana.

La vigencia de Quevedo no radica únicamente en su brillantez literaria, sino en su capacidad para desenmascarar una constante histórica: las naciones rara vez colapsan de inmediato; primero se vacían lentamente de verdad, justicia y carácter.

Allí comienza toda decadencia.

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