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mayo 19, 2026

Especial

Desde Brasil Para el Quintana Roo Hoy: Yo soy la mosca

Paulo Roberto Clementino Queiroz / Grupo Cantón

Brasil.- Siempre es un placer que, directamente desde Brasil, disfruto del Correo Internacional, de Georges Goubert.

Esta relación es aún más deliciosa porque, divergimos en la mayoría de nuestros puntos de vista sobre geopolítica.

Así, acepto y afirmo categóricamente: elijo ser una mosca.

En respuesta a su afirmación:”Abeja o Mosca. Tu Decides”.

Goubert nos invita a elegir entre ser la incansable abeja que, por obediencia, constancia y actividad, produce la miel, metáfora del alimento sano, sagrado y sabio. En cuanto a las moscas, pobrecitas, ni siquiera merecieron descripción: apestosas, sobrevuelan el estiércol y zumban incesantemente.

Pues bien, recurriendo a la buena dialéctica, defiendo a la mosca, y también al estiércol de la alegoría de Goubert. Porque sin abono no hay flores, y sin flores no hay miel. Las propias abejas dependen de él.

En cuanto a la mosca, es inevitable recurrir a Raul Seixas, músico que en 1973, en plena Dictadura en Brasil, lanzó Mosca na Sopa. De letra sencilla y subtexto audaz, la canción cuestionaba los patrones establecidos y la obediencia ciega, inspirada en aquel tábano con el que Sócrates, en la Apología, describía el papel del filósofo: incomodar para evitar la letargia moral de la polis.

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La recuerdo porque Goubert convoca, como si fuera sencillo, a que “tendríamos que seguir ciegamente a nuestra reina”. Ese modelo de obediencia ciega, aunque sea hacia uno mismo, no me seduce. La disciplina irrestricta puede ser útil, puntualmente, en organizaciones militares, por ejemplo. Pero eso es apenas un recorte de la condición humana.

Como advirtió Descartes, solo somos porque cogitamos. No cuestionar nos desnaturaliza, nos convierte en cosa, en pieza al servicio de alguien. El cuestionamiento conduce a la consciencia moral de Bobbio en La Era de los Derechos, en un proceso continuo de perfeccionamiento social. Las moscas, por tanto, simbolizan la búsqueda de una felicidad razonada.

A mis hijos les enseño que pensar duele, porque nos muestra lo que puede no ser bueno, que el mundo es difícil y que no todo mal puede aún ser cambiado. Pero, aunque duela, pensar es necesario. Cada vez más.

Autor: Paulo Roberto Clementino Queiroz/ Máster en Derecho Constitucional y Especialista en Administración Pública

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