Ayer tuve la oportunidad de platicar en mi canal de YouTube Gustavo Adolfo Infante TV con un hombre que lleva 54 años de carrera artística y que está por enfrentar, quizá, uno de los retos más complicados de toda su vida profesional: Ernesto Laguardia.
Después de dos años de invitaciones, por fin aceptó entrar a La Casa de los Famosos México, el proyecto más importante que tiene actualmente Televisa. No había podido concretarlo por diferentes compromisos, pero ahora sí decidió dar el paso.
Lo vi motivado, entusiasmado y, sobre todo, consciente de lo que significa encerrarse durante varias semanas bajo el escrutinio permanente de millones de personas.
Y les voy a decir una cosa: si alguien tiene posibilidades reales de llegar a la final es precisamente Ernesto. No solamente por la enorme experiencia que tiene frente a las cámaras, sino porque posee algo que pocos famosos conservan: inteligencia emocional. Sabe cuándo hablar, cuándo callar, cuándo enfrentar un conflicto y cuándo evitarlo.
Eso, en un reality, vale oro.
Todavía faltan varios nombres por confirmarse. Se sigue rumorando con fuerza que Cynthia Klitbo podría incorporarse al elenco, aunque hasta este momento no existe una confirmación oficial. Si se concreta, el nivel del programa subiría todavía más.
Creo sinceramente que esta edición promete mucho.
Pero cambiando radicalmente de tema…
Aunque ya pasaron algunos días, no puedo dejar de expresar mi indignación por la monumental barbaridad que dijo Pedro Sola durante el programa Ventaneando.
No fue un simple comentario desafortunado.
Fue una declaración absolutamente irresponsable.
Decir públicamente que odia a los perros, que le molestan en los restaurantes, que deberían darles carne envenenada para matarlos y que incluso habría que matar también a quienes pasean a sus mascotas en carriola rebasa cualquier límite.
Eso no es humor.
Eso no es ironía.
Eso es fomentar la violencia.
La reacción fue inmediata. Redes sociales, artistas, periodistas y asociaciones protectoras de animales condenaron sus palabras.
El escándalo fue tan grande que incluso Ricardo Salinas Pliego tuvo que salir a ofrecer una disculpa pública por las declaraciones de uno de los conductores de su empresa.
Y después apareció Pedro Sola leyendo una disculpa que, francamente, se veía forzada.
No le creí absolutamente nada.
Lo peor es el argumento que muchos utilizan para justificarlo: “es que ya está grande”, “es que así es él”, “es viejito”.
Perdón, pero no.
La edad jamás puede convertirse en licencia para promover la violencia.
Tiene cerca de 80 años. ¿Y entonces qué sigue? ¿Cuando cumpla 90 también habrá que justificar cualquier barbaridad simplemente porque ya es mayor?
No funciona así.
La responsabilidad sobre las palabras aumenta cuando se tiene un micrófono nacional enfrente.
Y esta semana, curiosamente, fueron tres personajes públicos los que decidieron abrir la boca sin pensar.
Primero, un conductor argentino que insultó a México utilizando el futbol como pretexto.
Después, Pedro Sola con sus lamentables declaraciones sobre los animales.
Y finalmente Alejandra Jaramillo, conductora ecuatoriana radicada en Miami, quien decidió burlarse de la derrota de México frente a Inglaterra.
Como suele ocurrir cuando las redes sociales les pasan factura, terminó ofreciendo una disculpa.
Pero tampoco convenció.
Se notaba más preocupada por apagar el incendio que por reconocer sinceramente su error.
Qué curioso resulta que hoy muchos crean que un micrófono o una cuenta con millones de seguidores les da permiso para ofender, insultar o burlarse de un país entero.
No.
La libertad de expresión nunca ha sido sinónimo de libertad para agredir.
Y cuando uno se equivoca, las disculpas deben salir del corazón, no del departamento jurídico o del área de relaciones públicas.
Porque esas, simplemente, ya nadie se las compra.