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septiembre 16, 2026

Voces

Ahora que el público ve

En la entrega anterior nos preguntábamos quién llena una butaca. Hoy la pregunta avanza: ¿qué le debemos a ese público cuando conseguimos llevarlo al teatro?

Durante años circuló una frase incómoda: en materia escénica, Cancún era tierra de ciegos donde el tuerto podía ser rey. Había pocos referentes. Esa página cambió.

Ícaro, Titizé, la Muestra Nacional de Teatro, Opción Múltiple, Danzas Negras, Algodón de azúcar o LUX han ampliado nuestra mirada. La actual administración cultural tiene mérito en ello. La 45 Muestra, por ejemplo, reunió 29 puestas en escena y más de 16 mil asistentes; su propia curaduría consideró los perfiles de los públicos de Cancún.

También la producción independiente establece referentes: Ballet Clásico de Cancún y Hadestown de CIAE muestran lo que puede construirse desde la educación no formal. Incluso una escuela superior como OKAN empieza a pensar la profesionalización desde el territorio.

Ese crecimiento exige el siguiente paso: una política cultural para las artes escénicas pensada con tanta seriedad como Cancún fue pensado como proyecto turístico.

Y aquí conviene incomodarnos. ¿Qué criterios determinan qué producción independiente entra a nuestros teatros? ¿Quién valora su factura escénica? ¿Cómo distinguimos una muestra formativa de un espectáculo que se anuncia y cobra como profesional? ¿Hacia qué proyecto cultural de ciudad conducen esas decisiones?

Todos tienen derecho a crear. El público tiene derecho a saber qué está comprando. El escenario institucional, además, legitima aquello que programa.

Curar no es cerrar puertas: es seleccionar, acompañar y ubicar cada propuesta según su naturaleza. Es entender que cada función educa la mirada y puede generar confianza o destruirla.

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Más aún si aspiramos al turismo cultural. Queremos que quien nos visita salga del hotel, consulte la cartelera y descubra qué crea Cancún. Esa cartelera tendrá que ser confiable.

La vez pasada preguntábamos quién llena una butaca. Hoy hablamos de criterio y respeto: con qué seleccionamos, para quién programamos y hacia dónde queremos conducir nuestra escena.
Aquella tierra de ciegos empieza a quedar atrás. Y eso nos deja una pregunta bastante más incómoda:

Ahora que el público ve, ¿estamos preparados para decidir qué queremos que vea?

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