Cerca de diez hombres y mujeres ya han manifestado, abiertamente o entre líneas, su interés por gobernar Felipe Carrillo Puerto.
En la antesala del proceso electoral se les ve recorriendo comunidades y espacios públicos, midiendo su aceptación social con la esperanza de ser el ungido o la ungida.
De acuerdo con la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales, el proceso federal inicia formalmente la primera semana de septiembre, y el local en Quintana Roo, la primera semana de enero.
Pero en Carrillo Puerto la carrera ya empezó.
El panorama actual es de acercamientos, de intentos por recuperar la confianza ciudadana y de una búsqueda constante por colocarse en la simpatía de la gente.
Hay que decirlo: los activistas y simpatizantes son los que, entre comillas, ya están seguros con su aspirante.
La verdadera disputa es por convencer al ciudadano que no acostumbra participar en lo que se conoce coloquialmente como “la grilla”.
Para ello se recurre a todo: funciones de cine en las comunidades, almuerzos, entrega de triciclos, sillas de ruedas, apadrinamientos de graduaciones y alguna que otra ocurrencia.
Mientras tanto, las verdaderas necesidades siguen ahí: el bache frente a la casa, los caminos de acceso en mal estado, la falta de medicamentos y especialistas, y lo más grave, que en pleno 2026 aún haya comunidades sin agua potable ni energía eléctrica.
Y sí, tienen nombre y apellido.
Entre los ocho o más interesados en gobernar uno de los municipios con mayores necesidades en Quintana Roo figuran: Mario Didier Aguilar Ramírez, José María Chacón Chablé, Juliana May Esquivel, Hugo Flores Vega, Victoria Gómez, Miguel Martínez, Fabiola Rodríguez, Eder Chuc Cen, Ángel Chi y Edwin Alfaro, además de otros que aún se mantienen discretos.
Las necesidades de la ciudadanía son las que deberían ponerse en el centro, escucharlas de primera mano y no llegar a las comunidades a imponer obras o actividades.
Sin embargo, quienes aspiran a ocupar la silla presidencial siguen apostando a prácticas fáciles y superficiales para ganar simpatía, en una sociedad que, aparentemente, se ha vuelto pasiva y ha dejado de cuestionar y de exigir, como es su deber y su derecho.