En septiembre de 1969, sin aviso ni cortesía diplomática, el presidente de Estados Unidos Richard Nixon ordenó revisar cada vehículo y cada maleta que cruzara de México a Estados Unidos. La llamaron Operación Intercepción.
Duró tres semanas, pero bastaron para asfixiar la frontera, quebrar a comerciantes de ambos lados y dejar claro el mensaje: o México actuaba contra la mariguana, o la línea divisoria sería infranqueable.
Fue el primer gran choque entre los dos países por las drogas. Y de ahí nació el método que Washington aplica desde entonces: cerrar el flujo fronterizo y esperar a que el vecino doble las manos.
Vale la pena recordarlo ahora que México es sede de su tercer Mundial, aunque en esta ocasión solo de manera marginal. Nuestro país nunca ha llegado a sus grandes citas deportivas con tranquilidad. Siempre llega con turbulencias.
En 1968, los Juegos Olímpicos se inauguraron diez días después de la masacre de Tlatelolco. En 1970, el primer Mundial se jugó con esa herida fresca y con el cierre de la frontera aún retumbando en la memoria.
En 1986, el Mundial llegó con el país quebrado por la deuda, el terremoto del 85 y la relación con Estados Unidos envenenada por el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena. El abucheo al presidente Miguel de la Madrid en el Azteca resumió el ánimo nacional.
Cuarenta años después, México vuelve a llegar en crisis. Pero ahora la presión viene más de afuera que de adentro.
Por primera vez en la historia, Estados Unidos acusó formalmente a un gobernador en funciones, Rubén Rocha Moya, de Sinaloa, de operar para Los Chapitos, y exige su extradición. Los gobernadores de Sonora y Tamaulipas están bajo investigación. Y la revisión del T-MEC coincide con el torneo, con los aranceles como palanca permanente. La mariguana de 1969 fue la semilla; el fentanilo de 2026 es la cosecha. El método es el mismo, sólo cambia la mercancía.
La paradoja es mayúscula: nunca antes el anfitrión y su principal acusador habían compartido la organización de un evento mundial.
En lo interno, el horno no está para bollos. Bajo la consigna “si no hay solución, no rodará el balón”, las madres buscadoras —que recuerdan que en México faltan más de 130 mil personas— marcharán hacia el estadio, al igual que transportistas, campesinos y los maestros de la CNTE que también mantienen sitiado el Zócalo y su Fan Fest.
La presidenta Claudia Sheinbaum conoce la historia y no quiere pasar por el bochorno internacional que enfrentó Miguel de la Madrid, por eso no acudirá a ningún estadio, aunque eso signifique una descortesía diplomática al dejar plantados como anfitriona a otros jefes de estado que vendrán a ver a sus selecciones.
El mundo verá la fiesta mexicana por el Mundial. Pero como dicen en mi pueblo, no hay que confundir la feria con el rancho. Los eventos de gran convocatoria van y vienen, pero los métodos de presión, ya lo demostró Nixon hace 57 años, se quedan.
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