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julio 01, 2026

Voces

Mirar distinto para entender mejor: Cuando el árbitro es mejor que la política

Mientras millones de personas buscaban el mejor lugar para ver el partido, preparaban la botana o simplemente se acomodaban frente al televisor, pocos imaginaban que detrás de esos noventa minutos había una historia que iba mucho más allá del fútbol.

México y Ecuador volvieron a encontrarse en una cancha mientras sus gobiernos siguen distanciados. La relación diplomática permanece rota desde aquel episodio que dio la vuelta al mundo, cuando la embajada de México en Quito dejó de ser un espacio de diálogo para convertirse en el centro de una crisis internacional.

Hay ocasiones en que un balón termina exhibiendo lo que la diplomacia no ha podido resolver.

En la cancha no jugaron presidentes, cancilleres ni diplomáticos. Jugaron futbolistas. Pensar que el contexto se quedó fuera del estadio sería ingenuo.

No es la primera vez que un partido carga con un trasfondo político. Ha pasado antes y, seguramente, volverá a pasar. Porque el deporte puede unir a los pueblos, pero también termina reflejando las diferencias de los gobiernos.

Sin embargo, hay una diferencia que vale la pena subrayar: en el deporte todavía existen reglas que todos aceptan respetar.

En el fútbol hay un árbitro. Hay reglas. Hay un silbatazo inicial y otro final. Se gana, se pierde o se empata, pero nadie invade la cancha porque no le gustó el marcador.

Quizá por eso el fútbol sigue emocionando a millones. Porque, a diferencia de la política, al menos ahí todos saben cuándo empieza el partido… y cuándo termina.

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No, un partido de fútbol no resolverá una crisis diplomática. Tampoco hará que dos gobiernos vuelvan a sentarse a negociar. Pero sí deja una lección que, en estos tiempos, parece más necesaria que nunca: es posible competir con intensidad sin perder el respeto por el adversario.

Quizá el problema nunca ha sido que la política se parezca demasiado al deporte. Quizá el problema es que la política olvidó respetar las otras reglas del juego.

Cuando estas líneas lleguen a sus manos, ya conoceremos el marcador. Habrá quien celebre y quien lamentará el resultado. Pero lo verdaderamente trascendente es recordar que, incluso entre naciones enfrentadas, el deporte sigue ofreciendo un espacio donde la rivalidad se resuelve con un silbatazo inicial y otro final, no con crisis diplomáticas.

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