Lo ocurrido en Cancún en los últimos días deja varias reflexiones.
Un incidente entre un ciudadano cubano y un repartidor de comida terminó provocando todo tipo de reacciones.
Tras lo sucedido, el repartidor compartió su versión de los hechos en redes sociales y la publicación comenzó a viralizarse.
Horas después, algunas personas llegaron al lugar e intentaron hacer justicia por su propia mano contra el extranjero.
Y en cuestión de horas el tema dejó de ser una historia entre dos personas para convertirse en un juicio contra todos los cubanos que viven en Quintana Roo.
Y ahí es donde creo que nos estamos equivocando.
Si alguien actuó mal, debe responder por sus actos. Así de simple. Pero responsabilizar a toda una comunidad por lo que hizo una persona no sólo es injusto, también es peligroso.
Cancún es una ciudad de migrantes. Muchos llegamos desde otros estados buscando trabajo y oportunidades. Miles de extranjeros hicieron exactamente lo mismo.
Entre ellos hay una comunidad cubana numerosa que todos los días sale a trabajar, abre negocios, renta una vivienda y trata de construir una vida mejor.
Pero tampoco hay que hacerse de la vista gorda. En los últimos meses algunos ciudadanos cubanos han aparecido relacionados con hechos que han generado molestia y preocupación.
Apenas esta semana, la Fiscalía General del Estado informó sobre la detención de dos personas de origen cubano acusadas de agredir a una mujer adulta mayor en Puerto Morelos.
¿Eso significa que todos son iguales? Por supuesto que no.
Sin embargo, sí ayuda a entender por qué el tema genera tanto enojo y por qué cada nuevo caso termina alimentando comentarios y prejuicios.
También vale la pena preguntarse qué está haciendo la autoridad migratoria. Porque cuando los controles fallan, quienes más salen perjudicados son precisamente los migrantes que sí vienen a trabajar, respetar la ley y buscar una oportunidad.
La reflexión tampoco aplica únicamente para los cubanos. Quintana Roo recibe argentinos, españoles, italianos, rusos, estadounidenses y ciudadanos de muchas otras nacionalidades.
La mayoría llega a trabajar, emprender y construir una vida.
Pero también hay quienes olvidan que vivir en otro país implica respetar sus leyes, sus costumbres y a su gente.
México ha abierto sus puertas a personas de todo el mundo y eso habla bien de nosotros. Lo único que se pide a cambio es algo muy sencillo: respeto.
Porque al final, nadie debería ser juzgado por su nacionalidad. Pero nadie debería sentirse por encima del país que le abrió las puertas.

