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mayo 10, 2026

Voces

De la escuela al riesgo

La propuesta de adelantar el fin del ciclo escolar al 5 de junio no puede leerse solo como una decisión administrativa. La explicación oficial habla de calor extremo y del Mundial 2026. Puede ser cierto parcialmente. Pero sería ingenuo creer que ahí termina la historia.

Cuando una medida reduce más de un mes el calendario escolar, afecta a millones de familias y genera contradicciones entre la SEP y la Presidencia, ya no estamos frente a un ajuste escolar: estamos frente a una decisión política. Mario Delgado anunció el cierre anticipado; la presidenta Claudia Sheinbaum después aclaró que aún era una propuesta. La SEP volverá a reunirse con los secretarios de Educación para definirlo. Eso revela algo delicado: se lanzó una decisión de enorme impacto social sin haber cerrado completamente su consenso público.

La pregunta incómoda es: ¿realmente es por el calor y el Mundial? Tal vez en parte. Pero también puede haber otras razones: tranquilizar al magisterio, evitar presión sindical, reducir conflictos antes de momentos políticos sensibles y administrar el ánimo social en un país cansado, polarizado y con una famosa encuesta en puerta. Incluso hay una pregunta presupuestal que nadie quiere decir en voz alta: si se cierran antes miles de escuelas públicas, el gobierno puede ahorrar algo en operación diaria —luz, agua, limpieza, insumos, mantenimiento menor— aunque no en salarios, que seguirían pagándose. No sería un ahorro estructural enorme, pero en un país con presión fiscal, cada día sin escuela también reduce gasto operativo. La pregunta es si ese ahorro vale el costo social. Mi respuesta es no.

México no está sobrado de educación. Al contrario. En PISA 2022, solo 34% de estudiantes mexicanos alcanzó al menos el nivel básico en matemáticas, frente a 69% promedio OCDE; en lectura fue 53% contra 74%, y en ciencias 49% contra 76%. Es decir: ya veníamos perdiendo antes de recortar clases.

El impacto nacional puede ser brutal. De casi 29 millones de alumnos de educación básica y media superior, entre 4.3 y 5.2 millones podrían quedar en situación de vulnerabilidad operativa: solos, semisolos o con supervisión insuficiente. De ellos, entre 645 mil y 1.3 millones podrían presentar afectaciones emocionales relevantes; entre 34 mil y 94 mil podrían sufrir accidentes que requieran atención médica; entre 172 mil y 416 mil podrían quedar más expuestos a calle, pandillas o adultos de riesgo; y entre 21 mil y 78 mil podrían entrar en zona de contacto con redes delictivas. En el extremo más doloroso, la proyección de muertes prevenibles adicionales podría estar entre 17 y 78 a nivel nacional.

Pero el impacto más silencioso no es inmediato: es económico. Si entre 300 mil y 700 mil jóvenes por generación salen con menor preparación por rezago acumulado, y cada uno pierde apenas entre 500 y 1,500 pesos mensuales de ingreso potencial, el costo para México podría oscilar entre 1,800 y 12,600 millones de pesos al año. Y eso es una estimación conservadora.

México además arrastra una informalidad laboral cercana al 55%. Más de la mitad de la fuerza laboral trabaja sin seguridad social ni estabilidad. Cada decisión que debilita la educación empuja a más jóvenes hacia ese entorno: menos habilidades, menor productividad, menor acceso a empleos formales.

Esto impacta directamente a los futuros profesionistas, empresarios y emprendedores. Un país que reduce calidad educativa forma profesionistas con menor capacidad técnica, emprendedores con mayor improvisación y empresarios con menor capacidad de planeación. También erosiona valores: disciplina, responsabilidad, cumplimiento. Y cuando eso se debilita, lo que crece es la tolerancia a la simulación, la corrupción y el atajo.

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En Quintana Roo el riesgo se multiplica por nuestra realidad turística. No somos un estado con horarios laborales normales. Somos hotelería, restaurantes, transporte, servicios, comercio, turnos dobles, horarios nocturnos y familias migrantes sin red de apoyo. El estado tiene más de 410 mil alumnos en educación básica y media superior; además, 78.7% de su población ocupada trabaja en actividades terciarias y solo restaurantes y alojamiento concentran 23.6% del empleo estatal.

Por eso, en Quintana Roo, entre 82 mil y 115 mil menores podrían quedar en vulnerabilidad operativa. Entre 12 mil y 29 mil podrían enfrentar afectaciones emocionales relevantes; entre 650 y 2 mil accidentes podrían requerir atención médica; entre 3 mil y 9 mil menores podrían quedar más expuestos a calle, pandillas o adultos de riesgo; y entre 410 y 1,700 jóvenes podrían entrar en zona de contacto con dinámicas delictivas. La proyección de muertes prevenibles adicionales sería de 1 a 3. Una sola bastaría para entender que no hablamos de vacaciones: hablamos de riesgo.

La escuela no solo enseña matemáticas o español. La escuela contiene. Ordena. Alimenta hábitos. Protege. Da rutina. Aleja de la calle. Permite que madres y padres trabajen. Cuando el Estado retira esa estructura sin ofrecer alternativa, el costo no lo paga el escritorio donde se firma la decisión. Lo paga la madre soltera. Lo paga el trabajador de hotel. Lo paga el niño que se queda solo con un celular. Lo paga el adolescente que encuentra en la calle una pertenencia que no encontró en casa.

México no necesita menos escuela. Necesita mejor escuela. Más horas efectivas, más seguridad, más salud mental, más deporte, más cultura, más tecnología y más acompañamiento. Si el calor es el problema, se invierte en infraestructura. Si el Mundial es el reto, se organizan calendarios diferenciados. Si el magisterio requiere diálogo, se negocia sin sacrificar a los niños.

Porque adelantar vacaciones puede sonar popular. Pero abandonar estructura educativa en un país con rezago, violencia y desigualdad no es descanso: es renuncia.

Y Quintana Roo debe decirlo claro: en un estado turístico, quitar clases no libera tiempo.
Lo traslada de la escuela al riesgo.

¡Hasta la próxima semana, con nuevos retos y oportunidades!

Sin miedo a la cima, porque el éxito ya lo tenemos.

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X: @Oigres14 | IG: @sergioleoncervantes | Correo: sergioleon@sergioleon.mx

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