Desde el Palco
Por: Julio César Silva Cetina
Cancún no fue un accidente. Fue una decisión. Una apuesta deliberada del gobierno federal para crear, desde cero y en medio de la selva, un polo de desarrollo que generara oportunidades donde históricamente no las había.
Hasta antes de que naciera Cancún esta región había tenido un lento desarrollo y una colonización en cámara lenta, iniciada durante el gobierno de Porfirio Díaz, quien concesionó toda la zona norte de Quintana Roo al español Faustino Martínez, con el fin de desarrollar actividades productivas y se impulsara la colonización. Fue así como surgieron los primeros asentamientos costeros en lo que hoy es el Malecón Tajamar en Cancún, Puerto Morelos y Playa del Carmen.
Pero a mediados del siglo pasado el sureste mexicano cargaba entonces con una economía frágil, construida sobre un solo producto: el henequén. El llamado oro verde había sostenido durante décadas a familias peninsulares, pero para finales de los años sesenta su declive era inevitable. La aparición de materiales sintéticos en el mercado global había sentenciado a muerte lenta a esa industria.
El gobierno federal lo sabía. Y en lugar de dejar que el sureste se hundiera en silencio, apostó por el turismo y por Cancún.
Lo que vino después es historia conocida, aunque no siempre contada con justicia. Cancún se convirtió en el sueño mexicano de una generación entera. A 56 años de que comenzaron las obras que dieron origen a la ciudad, esa historia sigue marcada por la llegada de miles de familias del sur, del centro, del sureste del país, que cargaron sus pertenencias y se mudaron a ese destino de playa que prometía lo que sus lugares de origen les habían negado sistemáticamente: trabajo, movilidad social y una vida digna.
A los yucatecos y campechanos que por razones geográficas le apostaron desde el primer día, se sumaron familias de Guerrero, Veracruz, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, del centro y norte del país. Vinieron sin más capital que sus manos y sus ganas. Y muchos encontraron exactamente eso: la oportunidad de construir algo propio en una ciudad que crecía tan rápido que siempre había espacio para uno más.
Cancún cumplió esa promesa durante años. Se convirtió en la marca turística más reconocida de México en el mundo. En el destino de playa favorito del continente americano. En una máquina económica que generó empleos, infraestructura, servicios y dinamismo en una región que medio siglo antes no tenía nada de eso. Fue, en el sentido más literal, un éxito de Estado.
Pero el éxito se salió de control y la gente es quien ha estado pagando esa factura.
El crecimiento desordenado, la especulación inmobiliaria, la corrupción de gobiernos que entregaron tierras y permisos como si fueran favores personales, la complicidad de empresarios que construyeron fortunas sobre recursos que eran de todos.
Todo eso fue configurando una ciudad con grandes desigualdades sociales, donde el desarrollo se concentró en la zona hotelera y el resto quedó abandonado a su suerte. Las colonias populares que albergan a los trabajadores del turismo crecieron sin planificación, sin servicios básicos suficientes, sin espacios dignos.
La gente que sostiene con su trabajo uno de los destinos turísticos más importantes del mundo vive, en muchos casos, en condiciones que ese mismo turismo no debería ignorar.
Es una paradoja brutal: Cancún recibe millones de turistas al año que vienen a disfrutar del paraíso, mientras decenas de miles de cancunenses que hacen posible ese paraíso no tienen acceso a él.
Se trata de un problema generado por una mala jerarquización de las prioridades y no es una consecuencia del mercado, sino de decisiones políticas que durante mucho tiempo pusieron el interés del turista por encima del interés del habitante. Que construyeron aeropuertos y hoteles antes que hospitales y escuelas de calidad para los hijos de los trabajadores. Que midieron el éxito de Cancún en llegadas de vuelos internacionales y no en la calidad de vida de su población.
Ha llegado el momento de replantear esa lógica. Cancún sigue siendo una de las grandes marcas internacionales de México, un activo estratégico único que necesita de una reorientación tangible, recordar que este proyecto nació para generar oportunidades para los mexicanos, especialmente los del sureste, recordar que se proyectó para que sus habitantes vivan del turismo y no para los turistas.
Rescatar esa premisa debe ser un acto de sentido común, pues una ciudad donde su gente vive bien, donde los trabajadores del turismo tienen acceso a servicios de salud de calidad, donde los jóvenes tienen opciones reales de educación y desarrollo profesional, donde las colonias tienen infraestructura digna, donde la seguridad no es un privilegio de la zona hotelera, esa ciudad produce en automático un mejor destino turístico.
No hay contradicción entre atender a la población local y ofrecer una experiencia de calidad al visitante. Al contrario: una cosa es condición de la otra.
El turista que llega a Cancún no solo compra una estancia en hoteles de lujo y paseos en sitios espectaculares. Compra una experiencia, un ambiente, una sensación de lugar. Y esa sensación la construyen a diario las personas que viven aquí. Si esas personas están bien, si se sienten parte de algo que les pertenece y les importa, si tienen razones reales para estar orgullosas de su ciudad, eso se nota. Se siente. Se traduce en hospitalidad genuina, en calidad de servicio, en una ciudad que funciona.
Cancún no ha dejado de ser el sueño mexicano. Sigue siendo, para miles de familias, el lugar donde se viene a buscar lo que en otro lado no hay. Pero ese sueño necesita ser rescatado, replanteado y, sobre todo, devuelto a quienes lo sostienen con su trabajo cotidiano.
Este aniversario es la oportunidad para plantear la construcción de un paraíso que alcance, que incluya a todos, especialmente para quienes lo hacen posible para miles de turistas.- Cancún, Quintana Roo, abril de 2026.
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