Ángel Canul / Grupo Cantón
Desde hace más de 20 años, César Escamilla Gijón trabaja como zapatero ambulante en el parque principal de Kantunilkín, donde con esfuerzo y dedicación sostiene a su familia, cuida de un hijo con discapacidad y mantiene vivo un oficio artesanal que resiste al paso del tiempo.
Lázaro Cárdenas.- Cada mañana, antes de que el sol alcance su mayor intensidad, César Escamilla Gijón instala su triciclo a un costado del parque principal de Kantunilkín. Sobre él acomoda cuidadosamente agujas, hilos, pegamentos, hormas y las herramientas que durante más de dos décadas le han permitido devolver la vida a cientos de pares de zapatos.
Su jornada comienza puntualmente a las ocho de la mañana y concluye a las dos de la tarde, de lunes a viernes. El horario no es negociable. No se trata únicamente de disciplina laboral, sino de una necesidad familiar.
El artesano explica que con el paso de los años ha acostumbrado a sus clientes a encontrarlo únicamente dentro de ese horario. En más de una ocasión algunas personas han acudido a buscarlo por la tarde hasta su domicilio, pero asegura que después del trabajo debe atender otras responsabilidades, principalmente el cuidado de un hijo con discapacidad que requiere de su tiempo y atención.
Originario del estado de Oaxaca, César llegó a Kantunilkín por azares del destino. Lo que en un principio fue una oportunidad para empezar de nuevo terminó convirtiéndose en el lugar donde echó raíces.
Recuerda que poco a poco comenzó a darse a conocer entre los habitantes del municipio gracias a la calidad de su trabajo y a la confianza que fue ganando con cada reparación. Hoy considera que, con la ayuda de Dios, el oficio continúa permitiéndole obtener lo necesario para cubrir las necesidades básicas de su familia.
Aunque reconoce que los ingresos son modestos, considera que cuenta con una ventaja importante: dispone de una vivienda propia, conseguida mediante un programa de apoyo social, lo que reduce parte de la carga económica y le permite destinar la mayor parte de lo que gana a la alimentación del hogar.
Más que un simple reparador de calzado, César ha desarrollado un criterio que sólo se obtiene con los años de experiencia. Afirma que basta con observar un par de zapatos para saber si todavía tienen remedio o si el desgaste es tan severo que ya no vale la pena intentar repararlos.
“Hay trabajos en los que sí se puede hacer algo y otros en los que definitivamente ya no se pueden hacer maravillas”, comenta mientras revisa cuidadosamente el estado de cada pieza que llega a sus manos.
Una de las situaciones que más complican su trabajo ocurre cuando algunos clientes intentan arreglar por su cuenta el calzado antes de llevarlo con un profesional. Explica que muchas personas utilizan cualquier tipo de pegamento, especialmente en zapatos sintéticos, lo que termina dañando el material y dificulta considerablemente una reparación adecuada.
Entre los momentos más difíciles de su trayectoria recuerda la contingencia sanitaria por COVID-19. Primero tuvo que enfrentar la suspensión casi total de sus actividades, lo que dejó sin ingresos a su familia. Posteriormente contrajo la enfermedad, de la cual asegura logró recuperarse recurriendo únicamente a remedios naturales.
A pesar de las dificultades económicas, las enfermedades y los cambios que ha traído el paso del tiempo, César continúa fiel a su oficio, convencido de que el trabajo honesto sigue siendo la mejor herramienta para salir adelante.
Sin embargo, reconoce que otro de los retos constantes ha sido la incertidumbre sobre su permanencia en el parque principal, ya que en distintas ocasiones ha enfrentado advertencias por parte de autoridades sobre una posible reubicación o el pago de permisos cuyo costo considera elevado para alguien cuyos ingresos apenas alcanzan para cubrir las necesidades esenciales del hogar.
La historia de César Escamilla refleja la realidad de muchos trabajadores independientes que mantienen vivos oficios tradicionales en las calles de las comunidades. Con esfuerzo, puntualidad y perseverancia, han encontrado una forma digna de ganarse la vida, mientras ofrecen un servicio que aún conserva un importante valor para quienes prefieren reparar un par de zapatos antes que desecharlo.
En un mundo donde predomina el consumo rápido y los productos desechables, el pequeño taller ambulante de César representa la resistencia de un oficio artesanal que sobrevive gracias a la confianza de sus clientes y al compromiso de un hombre que, desde hace más de 20 años, cose no sólo zapatos, sino también historias de trabajo, sacrificio y dignidad.