En la columna anterior hablábamos de un público que ya ve. La mecánica de los sueños confirma algo más. El público cancunense sabe entregarse. Niñas, niños y adultos aceptan el juego, participan y agradecen el territorio imprescindible del teatro para las infancias.
También crece la Compañía Municipal de Teatro. De sus primeras propuestas a esta se perciben mayor dominio escénico, desarrollo vocal y ampliación de registros.
La factura destaca. Luces, vestuario, escenografía y tramoya revelan el esqueleto del teatro y a quienes lo hacen funcionar. La ruptura de la cuarta pared convierte al espectador en cómplice. El teatro dentro del teatro, operación fértil desde Pirandello, permite mirar la ficción mientras asistimos a su construcción. Las infancias descubren la magia y los oficios que la producen.
Esa maquinaria hace visible el punto vulnerable de la propuesta. La dramaturgia de Mariana Hartasánchez y Saúl Enríquez abre códigos, sucesos e ideas que se disputan el centro. El conflicto aparece temprano y su progresión se dilata. Por momentos ocurren muchas cosas y la acción avanza poco. La duración comienza a sentirse.
Y sigo preguntándome: ¿por qué piratas? Comprendo lo que hacen dentro de la historia, pero todavía no encuentro por qué tenían que ser piratas. Navegación, aventura y tesoro pueden dialogar con la creación teatral; esa necesidad dramatúrgica queda sin revelarse. Salí del teatro con la pregunta intacta.
Revisitar dramaturgia y puesta permitiría concentrar el recorrido, fortalecer el conflicto y hacer respirar sus mejores hallazgos.
Entre ellos está el público. La interacción rompe su pasividad y convierte a grandes y pequeños en compañeros de juego. Cuando la sala entra en él, la función crece.
La mecánica está y tiene oficio. El siguiente salto consiste en lograr que todos sus engranajes conduzcan con igual precisión hacia el corazón del sueño.