En la entrega anterior celebrábamos los espacios y compañías que Cancún ha construido. Hoy toca mirar dónde comienza su futuro: en las aulas de teatro y danza.
La educación artística no formal sostiene una parte esencial de la vida cultural. Unos llegan para expresarse, convivir y descubrir capacidades que los acompañarán siempre. Otros buscan prepararse para ingresar a escuelas profesionales, dentro o fuera de México. Ambos caminos merecen docentes competentes.
Enseñar artes escénicas es un oficio. La experiencia sobre el escenario aporta, pero no sustituye la pedagogía. Un especialista en artes marciales puede enriquecer el entrenamiento físico; uno en historia, el pensamiento teatral. Formar actores o bailarines exige además dominio de la disciplina y de sus procesos de enseñanza. Cada saber tiene su lugar.
La UNESCO llamó en 2024 a fortalecer la formación de educadores artísticos también en ámbitos no formales. Los estudios sobre atención, memoria, emoción y aprendizaje motor ofrecen nuevas herramientas. La neuroeducación obliga a estudiar más y a distinguir evidencia de neuromitos.
¿Quién decide quién enseña en Cancún? ¿Con qué perfiles se contrata, qué programas se aplican y cómo se comprueba el aprendizaje? Una función de fin de curso puede entusiasmar a las familias y, aun así, dejar sin respuesta esas preguntas. Las carencias aparecen después, cuando un joven enfrenta una audición o un propedéutico.
Academias, centros culturales e instituciones públicas tienen aquí una responsabilidad compartida: selección transparente, especialistas, actualización pedagógica y evaluación. También deben abrir caminos para que los artistas se formen como docentes.
Hemos empezado a construir escenarios y memoria. Ahora toca cuidar la enseñanza que alimentará ambos. El patrimonio cultural de una ciudad también se decide frente a un grupo de alumnos.

