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septiembre 21, 2026

Voces

El salón cambió

Mi vida estudiantil, como la de muchas niñas de los años 90, transcurrió sin celulares, tabletas ni computadoras. Para investigar había libros, bibliotecas y muchas preguntas lanzadas como misiles a los adultos que teníamos alrededor.

Éramos una generación que salía a jugar a la calle, esperaba con emoción el próximo capítulo de sus muñequitos favoritos y consideraba todo un acontecimiento jugar Super Mario 64 en el Nintendo de algún vecino afortunado.

Después llegó la adolescencia y, con ella, el acné, los cambios hormonales y la tecnología. Sin darnos cuenta, nos convertimos en lo que me gusta llamar una generación tecnológica mixta: aprendimos a vivir en dos mundos.

Conocimos Encarta, El Rincón del Vago y, después, Wikipedia. Pasamos de buscar información en una enciclopedia a tener prácticamente el conocimiento del mundo al alcance de una pantalla.

Pero nunca imaginé que también cambiaría algo tan cotidiano como el lugar donde aprendíamos.

La primaria, el bachillerato, la universidad y mi primera maestría ocurrieron en salones de cuatro paredes. Había un pizarrón verde oscuro de tiza o uno blanco de marcador, un profesor al frente y compañeros alrededor. Había conversaciones antes de comenzar, bromas entre clases, amistades que nacían casi sin proponérnoslo y hasta esa adrenalina de mirar el reloj mientras avanzaba el tráfico para intentar llegar a tiempo.

Para mi segunda maestría, el salón se convirtió en una computadora. Mis compañeros estaban repartidos por diferentes lugares del mundo y, en ocasiones, lograr coincidir parecía una materia adicional. Ya no había un profesor recordándonos, frente a frente, la próxima tarea ni alguien sentado a nuestro lado para decir: “¿Tú entendiste lo que explicó?”.

Había una pantalla. Un teclado. Y mucha autonomía.

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Al principio, puede parecer que perdimos algo. Y, en parte, es cierto. La educación también es encuentro, conversación y calor humano. Pero, al terminar aquella experiencia, descubrí que habíamos ganado otra cosa: posibilidades.

La educación virtual permite que alguien que trabaja, tiene hijos, vive lejos o simplemente no puede trasladarse encuentre una manera de seguir aprendiendo.

Eso también exige algo a cambio. Nadie toca nuestra puerta para recordarnos que tenemos clase. Hay que poner la alarma, organizar el espacio, administrar el tiempo, vencer la tentación de dejar la tarea para después y aprender a ser responsables de nuestro propio proceso.

Nelson Mandela dijo: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Y quizá hoy esa arma también cabe en una pantalla, porque aprender ya no depende únicamente de estar sentado en un salón.

La tecnología cambió el lugar, los horarios y las herramientas, pero no ha cambiado lo esencial: las ganas de seguir descubriendo, preguntando y creciendo.

Quizá por eso, cuando pienso en aquella niña que buscaba respuestas en los libros y en la mujer que, años después, estudió desde una computadora, entiendo que no son dos historias distintas.

Es la misma persona.

Solo que, en el camino, el salón cambió.

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