Por Saiury Calcaño / Grupo Cantón
Una amiga me contó algo muy íntimo. Antes de dormir a su bebé, que hoy ya es un niño, solía repetirle un versículo que, con los años, también se convirtió en uno de mis favoritos: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).
Me gusta pensar que aquel niño algún día entenderá que guardar el corazón no significa ponerle un candado.
Hace poco, otra amiga me confesaba que tenía miedo de contarme algo personal. No porque desconfiara de mí, sino porque pensaba en una posibilidad que pocas veces consideramos cuando confiamos: ¿qué pasaría si algún día dejáramos de ser amigas? ¿Podría aquello que me estaba contando terminar en boca de alguien más?
Le agradecí la confianza y le dije algo que para mí es sencillo: aunque algún día la vida nos llevara por caminos diferentes, aquello que me había confiado seguiría siendo suyo.
Porque cuando alguien nos entrega una parte vulnerable de su historia, no nos está dando información. Nos está entregando algo sagrado.
Quizá por eso Jesús dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). Siempre me ha gustado este versículo, pero con el tiempo he entendido que un corazón limpio no es necesariamente un corazón ingenuo.
Es un corazón que no utiliza la intimidad ajena como moneda de cambio.
Que no convierte un secreto en entretenimiento.
Que no alimenta el morbo de saber qué pasó, quién dijo qué o qué ocurre detrás de una puerta que no le pertenece.
La lealtad se demuestra, sobre todo, cuando la persona no está presente para comprobarla.
¿Qué decimos de nuestros amigos cuando no están? ¿Los defendemos o los exponemos? ¿Guardamos lo que nos confiaron o esperamos la primera discusión para utilizarlo como arma?
Cuidar el corazón tampoco significa cerrarlo al mundo. No se trata de volvernos desconfiados; ni de interpretar cada corazonada como una señal de peligro. A veces nuestra intuición se equivoca; otras veces nos advierte. La sabiduría está en aprender a distinguirlas.
Podemos tratar a todos con respeto, cariño y dignidad sin entregarles a todos las mismas llaves.
Hay personas con las que hacemos clic. Personas frente a las que podemos ser nosotros mismos, hablar sin medir cada palabra y abrir puertas que permanecen cerradas para otros. Y está bien que sea así.
No todos necesitan conocer nuestros secretos. No todos necesitan entrar en nuestra casa, conocer nuestras heridas o sentarse en primera fila para observar nuestra vida.
Guardar el corazón también es saber quién merece el primer asiento.
Y, sobre todo, recordar que así como esperamos que otros sean leales con aquello que les confiamos, también nosotros debemos ser dignos de confianza.
Porque un corazón limpio no es el que nunca ha sido herido. Es el que, aun después de haberlo sido, aprendió a cuidar lo sagrado sin dejar de amar.