Por Paola Moreno / Grupo Cantón
El teléfono nos acompaña prácticamente a todas partes. Trabajamos, estudiamos, conversamos, conocemos personas, compartimos fotografías y construimos una parte importante de nuestras relaciones a través de una pantalla.
La tecnología cambió nuestra manera de comunicarnos, pero también eliminó para muchas víctimas una de las últimas fronteras de seguridad: la distancia física.
El acoso también evolucionó.
En México, 18.9 millones de personas de 12 años y más sufrieron ciberacoso en un solo año, de acuerdo con INEGI. Representan el 21% de quienes utilizan internet; entre ellas, 10.6 millones fueron mujeres.
Las cifras permiten dimensionar algo que muchas veces normalizamos.
Entre las víctimas aparecen contactos mediante identidades falsas, mensajes y llamadas ofensivas, amenazas, suplantación de identidad, insinuaciones sexuales y recepción de contenido sexual no solicitado.
Y hay una generación particularmente expuesta.
Una investigación de UNICEF, ECPAT International e INTERPOL estima que uno de cada ocho adolescentes usuarios de internet en México sufrió alguna forma de explotación o abuso sexual facilitado por tecnologías digitales durante un año.
Estamos hablando de aproximadamente 1.6 millones de adolescentes de 12 a 17 años.
Hay un dato que obliga a replantear incluso la manera en que hablamos con nuestros hijos sobre seguridad digital: 64% de los adolescentes afectados conocía a la persona agresora.
Podía tratarse de una amistad, una pareja o incluso un familiar.
El riesgo digital no siempre tiene el rostro de un desconocido.
Más preocupante todavía: 32% no se lo contó a nadie y menos del 1% de los incidentes estudiados llegó a denunciarse ante la policía.
Ahí está uno de nuestros grandes retos.
No basta enseñar a bloquear una cuenta o configurar la privacidad.
Necesitamos educación digital desde edades tempranas, familias que sepan identificar señales de alerta, escuelas con protocolos claros, mecanismos sencillos de denuncia, autoridades capacitadas y leyes capaces de responder a conductas que evolucionan con la tecnología.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha colocado la protección de niñas, niños y adolescentes en los entornos digitales dentro de la conversación nacional.
En Quintana Roo, el gobierno de Mara Lezama también ha impulsado herramientas tecnológicas de prevención y atención de la violencia contra las mujeres.
Pero ninguna política pública puede sustituir algo esencial: hablar del tema.
Tenemos que enseñar que insistir después de recibir un “no” no es normal; que una pantalla no elimina los límites; que recibir una fotografía no otorga derecho a compartirla; que esconderse detrás de un perfil no elimina responsabilidades y que pedir ayuda nunca debería producir vergüenza.
La tecnología seguirá avanzando. Seguramente mañana utilizaremos plataformas que hoy ni siquiera existen.
Por eso el verdadero desafío no consiste en tenerle miedo a la tecnología, sino en construir reglas, instituciones y una cultura capaces de avanzar a la misma velocidad.
Porque nuestros derechos no terminan donde comienza una pantalla. Y nuestra seguridad tampoco debería hacerlo.

