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agosto 17, 2026

Voces

El cuento que te cuentas

Me gustan las historias.

Me gusta escucharlas, escribirlas, descubrir qué hay detrás de cada personaje y, sobre todo, cómo una buena narración puede conseguir que alguien se quede hasta el final.

Quizá por eso, hace algún tiempo, me descubrí pensando en algo que parece obvio, pero no lo es tanto: así como importa cómo contamos una historia a los demás, también importa cómo nos contamos la nuestra.

Porque todos tenemos una versión de nuestra vida. Y no siempre coincide con los hechos.

Siempre me ha llamado la atención ver cómo, dentro de una misma familia, tres hermanos pueden crecer bajo el mismo techo, con los mismos padres y circunstancias parecidas, y terminar contando historias completamente diferentes. Lo que para uno fue una herida, para otro fue una enseñanza. Lo que uno recuerda con tristeza, otro apenas lo recuerda. El mismo acontecimiento puede dejar huellas distintas.

Entonces entendí que quizá la pregunta no es solamente qué nos pasó, sino qué historia construimos a partir de aquello que nos pasó.

Un día nublado puede significar tristeza para alguien y una oportunidad para otro que espera salir a mojarse bajo la lluvia. El hecho es el mismo. La experiencia, no.

Epicteto decía que no son las cosas las que perturban a las personas, sino el juicio que hacen sobre ellas. Y Jean-Paul Sartre resumió una idea semejante al afirmar que somos lo que hacemos con aquello que hicieron de nosotros.

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No podemos escoger todas las páginas que nos tocaron. Algunas fueron escritas con pérdidas, decepciones, errores o circunstancias que jamás habríamos elegido. Pero sí podemos decidir qué hacemos con ellas.

Eso empieza por algo tan sencillo y, a la vez, tan difícil como escuchar nuestra propia voz.

Porque hay una voz interior que puede repetirnos: “No puedes”, “no eres suficiente”, “esto siempre te pasa a ti”. Pero también podemos enseñarle a decir: “Vas a aprender”, “puedes volver a intentarlo”, “esto no define toda tu historia”.

La Biblia dice: “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él” (Proverbios 23:7). No se trata de repetir frases positivas como si fueran una fórmula mágica, sino de reconocer que aquello que alimentamos y nos repetimos dentro de nosotros termina influyendo en la manera en que miramos hacia afuera.

Dios no nos pide negar el dolor ni disfrazar las dificultades. La fe tampoco consiste en fingir que todo está bien. Consiste en creer que una página difícil no tiene por qué convertirse en el final de la historia.

Quizá por eso deberíamos revisar, de vez en cuando, el relato que repetimos sobre nosotros mismos.

Tal vez no podamos cambiar lo que ya fue escrito, pero todavía podemos decidir cómo nos contamos el cuento.

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