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octubre 23, 2026

Inflación y pequeños comercios: cómo explican a sus clientes los ajustes de precio

Tecnología

Inflación y pequeños comercios: cómo explican a sus clientes los ajustes de precio

¿Cuándo fue la última vez que cambiaste el letrero de precios de tu negocio y qué le dijiste a la gente ese día? Para buena parte de los comercios chicos de Quintana Roo la respuesta es “nada”. Se corrige el número en la pizarra o en la etiqueta y se espera que nadie pregunte. Casi siempre alguien pregunta.

Pasar desapercibido se volvió más difícil. Según el INEGI, en la primera quincena de septiembre de 2026 la inflación general anual fue de 3.42 %, con un alza quincenal de 0.33 %. Parece un dato manejable, pero el promedio tapa lo que un comercio vive por dentro.

El problema: los costos suben por partes, el precio sube de golpe

Ese mismo boletín del INEGI muestra cómo se reparte el 3.42 %. Las frutas y verduras subieron 3.38 % en una sola quincena y acumulan 7.91 % anual; los productos pecuarios, en cambio, bajaron 4.64 % en el año, y las tarifas autorizadas por el gobierno subieron 7.75 %. Una fonda que compra jitomate, cebolla y pollo todas las mañanas vive tres inflaciones distintas mezcladas en el mismo plato.

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Del otro lado del mostrador, el cliente ve un solo dato. Ayer el plato costaba una cantidad y hoy cuesta otra. No tiene por qué conocer el precio del gas ni el de la caja de jitomate en la central de abasto, y si el comerciante tampoco lo explica, el aumento se lee como abuso aunque el margen se haya achicado.

Ahí nace casi todo el malestar: una decisión que se tomó con números se comunica sin ellos.

Tres formas de ajustar, comparadas

Hay tres caminos habituales y cada uno cobra un precio distinto en confianza.

Subir todo un mismo porcentaje. Es lo más rápido de calcular, pero castiga a los productos cuyo insumo no subió y deja cortos a los que sí. El cliente que pide pollo paga de más; el que pide ensalada, de menos. Se comunica en una frase, y esa frase suele ser falsa para la mitad del menú.

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Ajustar producto por producto. Exige conocer el costo de cada cosa y revisar la lista cada mes, pero el aumento cae donde cayó el costo. Es más trabajo administrativo y resiste mejor la pregunta “¿y por qué subió esto?”. Quien quiera ordenar ese cálculo puede empezar por subir precios sin perder clientes, donde se desarrolla la lógica de margen por producto que aquí solo se apunta.

Cambiar la oferta sin tocar el precio. Reducir la porción, quitar un acompañamiento o armar combos con lo que menos subió. Mantiene el número de la pizarra, que es lo que la gente recuerda, pero tiene un límite claro: el cliente percibe el cambio en el plato y, si nadie le avisó, lo siente como engaño. Además, la ley obliga a informar cantidades y medidas en las condiciones ofrecidas, así que la porción menor se anuncia igual que el precio.

Pantalla, mostrador y letrero

En la pantalla el ajuste se vuelve público. Un comentario molesto en la página del negocio lo leen todos los clientes, y borrarlo suele empeorar las cosas. Responder con un dato concreto y sin discutir es la regla básica; para los casos que escalan conviene revisar cómo manejar las quejas de clientes en redes antes de que llegue la primera.

La conversación en el mostrador es el frente más barato. Una explicación de diez segundos con el mismo dato (“subió el jitomate, el pollo lo mantuvimos”) desarma la mayoría de las quejas antes de que existan. Funciona porque el cliente de un comercio de barrio ya conoce al dueño y lo que espera de él es coherencia, que el aumento no parezca improvisado.

El letrero es el único de los tres frentes que es obligación legal. La Ley Federal de Protección al Consumidor, en su artículo 7 Bis, exige exhibir de forma notoria y visible el monto total a pagar, con impuestos y cualquier cargo incluido, y el artículo 7 obliga a respetar el precio ofrecido. Si la pizarra dice una cifra y en caja se cobra otra, el asunto deja de ser de comunicación y pasa a ser una infracción que Profeco verifica. Actualizar la lista el mismo día del ajuste evita las dos cosas.

Quien cobra con terminal o con una cuenta de Mercado Pago tiene además un registro que el efectivo no deja, el historial de ventas por producto. Sirve para mirar, dos semanas después del ajuste, qué dejó de salir y qué siguió igual, y corregir con cifras en vez de con la sensación del día.

Lo que conviene hacer antes de tocar el precio

Para un negocio de barrio que vende comida o abarrotes, la recomendación cabe en cuatro pasos. Revisar el costo real de los cinco productos que más vende, uno por uno. Decidir qué sube y qué se mantiene, y dejar al menos un producto de referencia sin cambio para que el cliente tenga un ancla. Cambiar la pizarra, la etiqueta y el menú digital el mismo día. Y tener lista la explicación antes de abrir, porque la primera pregunta llega con el primer cliente.

Si solo hay tiempo para una de esas cosas, que sea la pizarra, porque es lo que Profeco revisa y lo primero que el cliente mira.

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