Jocelyn Díaz / Grupo Cantón
A sus 91 años, el artista japonés-oaxaqueño Shinzaburo Takeda recuerda su infancia, su llegada a México y la relación profunda que mantiene con el arte y la naturaleza.
Cancún.— A sus 91 años, el maestro Shinzaburo Takeda mantiene intacta la curiosidad de quien observa el mundo por primera vez. Cada amanecer representa una nueva oportunidad para descubrir colores, paisajes y emociones que después transforma en pintura.
El artista japonés-oaxaqueño recuerda una infancia marcada por la pobreza y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, una época en la que un simple lápiz se convirtió en su primera herramienta para interpretar la realidad.
“Siempre tuve acercamiento a la pintura. Yo nací en una provincia y no había materiales; comencé con lápiz. Mi niñez fue después de la Segunda Guerra Mundial. Era un país perdido, de pobreza y hambre”, recuerda.
Durante su adolescencia, una maestra de secundaria cambió su relación con el arte al acercarlo por primera vez al mundo del color.
“Empecé con lápiz, que era lo único que había. Apenas tenía crayones y acuarelas. Mi maestra preparó acuarelas y para mí fue una maravilla manejar colores”, relata.
Ese descubrimiento lo llevó posteriormente a formarse en la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio y, en 1963, a viajar a México, país que transformaría para siempre su historia personal y artística.
En territorio mexicano estudió muralismo con Armando Carmona y Luis Nishizawa en la Academia de San Carlos, además de profundizar en la litografía junto a Francisco Vásquez en la Escuela Nacional de Artes Gráficas.
Su llegada a México significó mucho más que una etapa académica. Fue el inicio de una nueva identidad.
“Entré a México en 1963 y ya me sentía un nuevo mexicano”, expresa al recordar sus primeros años de trabajo vinculados al Museo Nacional de Antropología y a grandes figuras del arte mexicano como Leonora Carrington, Raúl Anguiano y Leo Acosta.
Oaxaca, su hogar y fuente de inspiración
En 1978 encontró en Oaxaca el territorio donde consolidaría su lenguaje artístico y su compromiso con la enseñanza. Desde ahí desarrolló una amplia trayectoria como maestro en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, formando a nuevas generaciones de creadores.
Su influencia dentro de la gráfica mexicana es reconocida a través de la Bienal Nacional de Artes Gráficas Shinzaburo Takeda, una plataforma dedicada a impulsar esta disciplina.
Sin embargo, cuando habla de sí mismo, deja de lado reconocimientos y premios. Prefiere hablar de la naturaleza, las comunidades y el vínculo que construyó con México.
“Yo soy un enamorado de este México, de Oaxaca y ahora de Quintana Roo”, afirma.
Su relación con el Caribe mexicano comenzó hace décadas, cuando conoció sitios arqueológicos y comunidades mayas que dejaron una profunda impresión en su memoria.
“Cuando visité Chetumal, hace 50 años, encontré pirámides muy altas de la cultura maya y otras pequeñitas que son como una casita. Ahí fue donde dije: ‘Aquí está el verdadero humano, cariñoso’”.
Quintana Roo, un nuevo paisaje por descubrir
Su regreso a Quintana Roo representa una oportunidad para reencontrarse con aquellos paisajes que permanecieron guardados durante años y descubrir nuevos motivos para pintar.
El maestro recuerda con cariño su paso por distintos lugares del estado, como Mérida, Isla Mujeres y Tulum, donde encontró inspiración en la naturaleza.
“Quiero tener 100 árboles en mi casa; llegué a contar 44, la última vez que me acuerdo”, comparte con entusiasmo.
Para Takeda, la naturaleza no es únicamente un escenario, sino una parte esencial de su proceso creativo.
“Cada día es una nueva aventura”
Lejos de pensar en una vida concluida, el artista asegura que todavía tiene mucho por crear.
“Despierto cada día para encontrar ese mundo maravilloso. No hay misión cumplida; cada día es una nueva aventura. Mi propósito de vida es seguir pintando”.
Cancún también despierta su imaginación. El maestro asegura que le gustaría permanecer más tiempo en esta ciudad para observar sus paisajes y descubrir aquello que aún no ha llevado al lienzo.
“Cuando pinto me siento contento”, afirma.
Antes de comenzar una obra tiene un ritual sencillo: encender un viejo radio y escuchar música de la costa. Entre sus canciones favoritas está “Canción mixteca”, interpretada por Chavela Vargas, una pieza con la que encuentra una conexión profunda por hablar de la distancia y la memoria.
Al preguntarle por su comida favorita responde con una sonrisa: “Chicharrón con salsita roja”.
Sobre el pasado dice que ya no lo extraña, que solo permanece como memoria.
Su vida es la unión de dos mundos: Japón y México, especialmente Oaxaca, una mezcla de culturas que convirtió en color, textura y emoción.
Cuando se le pregunta cómo desea ser recordado, responde con sencillez:
“Como un hombre oaxaqueño-japonés. Soy arte”.