No voy a hablar de tácticas, cambios, goles fallados ni de si la Selección pudo llegar más lejos. Para eso están los especialistas. Yo quiero hablar de lo que vi.
Vi a un México emocionado. Familias enteras reunidas frente a una televisión. Niños con la camiseta verde. Desconocidos abrazándose después de un gol como si se conocieran de toda la vida. Millones de mexicanos esperando lo mismo, soñando lo mismo. Y hace mucho que no veía a este país así.
Durante unos días dejamos de discutir por política, de dividirnos entre los de un partido y los del otro. Por unas horas no importó quién votó por quién, cuánto dinero había en la cartera o desde qué rincón del país se miraba el partido. Éramos México.
Por supuesto que nuestros problemas no desaparecieron. La gasolina siguió subiendo. La canasta básica continuó golpeando los bolsillos. La violencia no dio tregua y miles de madres siguieron buscando a sus hijos desaparecidos. No nos olvidamos de ellas. No debemos hacerlo.
Tampoco podemos ignorar que cuatro personas perdieron la vida durante los festejos. Cuatro familias para quienes la alegría terminó convertida en tragedia. Porque ninguna celebración debería costar una vida.
Pero aun con todo eso, ocurrió algo que vale la pena mirar. México volvió a sentirse unido.
He escuchado muchas veces decir que el futbol embrutece a los mexicanos, que nos distrae de los verdaderos problemas, que mientras ruede un balón el país puede olvidarse de todo. Yo no vi eso. Vi esperanza.
Vi a un país cansado de malas noticias permitirse creer. Vi a millones encontrar durante unas horas un motivo para abrazarse, salir a las calles y sentirse orgullosos de pertenecer al mismo lugar.
Y entonces me hice una pregunta: ¿en qué momento permitimos que fueran más las cosas que nos dividen que aquellas que nos unen?
Porque somos el mismo país que se organiza después de un terremoto, que abre centros de acopio ante una tragedia, que sale a buscar a un niño desaparecido y ayuda a un desconocido sin preguntarle primero por quién votó. Ese México existe. Lo vimos estos días.
Quizá por eso duele la eliminación. No solo porque terminó el sueño deportivo, sino porque se apagó, de golpe, ese espacio donde millones volvimos a encontrarnos.
Hoy regresaremos a nuestras diferencias, a la política, a los problemas económicos, a la violencia y a las discusiones de todos los días. Pero algo quedó: la certeza de que todavía somos capaces de caminar hacia el mismo lado.
Tal vez el problema nunca fue que un balón pudiera unirnos. Tal vez el verdadero problema es que necesitemos un balón para recordar que podemos hacerlo.