Siempre he dicho que la vida te prepara para todo, menos para ser madre. Ese regalo y esa responsabilidad no traen un manual; no siempre los hijos llegan en la circunstancia o de la manera que se espera, pero a pesar de esto, nunca dejan de ser la mayor de las bendiciones.
Salmo 127:3 dice: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre”.
Convertirse en madre no te hace nacer como un ser perfecto; seguimos siendo mujeres, humanas, con errores que lamentablemente se ven reflejados en la crianza.
Sin embargo, si algo he aprendido en los escasos seis meses que tengo de estrenarme como mamá, es que es el mayor de los privilegios y la responsabilidad más sagrada de la que Dios te pedirá cuentas un día.
En el momento en que te encuentres con Dios cara a cara, no te preguntará por la casa que compraste, cuántos amigos tuviste, cuán responsable fuiste en tu trabajo o cuánto llegaste a acumular en tu cuenta de banco. No, te preguntará por tu familia, por tus hijos, por esos seres humanos que fueron entregados en tus manos para cuidarlos, guiarlos y enseñarles a vivir.
Gracias al cielo, en la crianza de los hijos, muchas veces interviene más de una persona, ya sea porque papá y mamá trabajan durante el día o porque hay uno o ambos que ya no están. Hay “ángeles” que Dios coloca justo a la vera del camino para que el recorrido llamado vida de esos pequeños sea más fácil, alegre y llevadero.
Sin quitarle sus indudables méritos, madre no es solo aquella que te engendra, ni quien te lleva en su vientre durante nueve meses; es quien te cuida, te instruye y te enseña el lado bueno, noble y verdadero de la vida; es quien te inculca lo mejor de ella, quien te entrega sus fuerzas, apoyo incondicional, nobleza y firmeza, sin esperar ninguna recompensa a cambio.
Es quien te inspira a agradecerle de por vida y con tu vida, no el hecho de darte la vida, sino el de formarte y hacerte ser quien eres hoy.
En estos días que celebramos a las madres, quiero detenerme, ponerme de pie y aplaudir a esas madres abuelas, madres tías, madres nanas, madres madrinas, madres adoptivas… esas mujeres que han dado parte importante de su tiempo, un pedazo enorme de su alma; su cobijo, alegría, risas y sueños para guiar a esos seres humanos que aunque no salieron de sus entrañas, forman parte vital de su abnegado corazón.
¡Merecen toda nuestra admiración y respeto! ¡Felicidades para ustedes también!

