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abril 20, 2026

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La grandeza de lo simple

En un mundo de superficialidad y apariencias, donde los filtros ocultan verdades, donde se edita hasta la propia consciencia y nadie muestra el lado crudo y real de su día a día, vivo perdidamente enamorada de la gente real, de conversaciones profundas, de empatía más allá de sacar ventaja.

Personas de carne y hueso que no solo están en cuerpo, sino que están en mente y alma.

Sin distracciones, sin celulares, no a medias, ni solo cuando les conviene.

Personas que se equivocan y lo admiten, que disfrutan la vida, que expresan lo que piensan, que son lo que dicen.

Gente coherente, que son la misma cosa en privado y en público, que viven sus valores, aunque eso signifique a veces ‘perder oportunidades’; que no aplican la ideología que el fin justifica los medios, que no necesitan usar caretas ni pisotear a nadie para crecer, para llegar a ese lugar que quieren porque saben que la vida coloca cada cosa en su lugar y confían en que el tiempo de Dios es perfecto.

Miqueas 6:8 lo expresa muy bien: “¡Ya se te ha dicho lo que es bueno! Ya se te ha dicho lo que el Señor exige de ti: hacer justicia, amar la fidelidad y vivir humildemente con tu Dios”.

El músico Ludwig van Beethoven también lo decía: “No conozco ningún otro signo de superioridad que la bondad”, y es que la verdadera grandeza no radica en el intelecto, la fama, la riqueza o el poder, sino en la capacidad empática y generosa que se tiene ante las necesidades de los demás.

En otras palabras, gente con el “don de gente”, que conecta, que escucha, que agradece, que ama intensamente, que vive, que sueña; almas nobles que se caen, se ríen de los chistes malos que a veces la vida les hace, pero se levantan con más fuerza porque ya entendieron que no nacieron para ser perfectos, sino para ser reales.

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En un mundo lleno de ruido y máscaras, me dejé flechar por la humildad, la simpleza y lo auténtico.

Y allí quiero vivir eternamente. Aunque en nuestra sociedad paradójicamente ser sencillo y real cueste, y cueste mucho.

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