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marzo 29, 2026

Voces

De la ley a la justicia

México está viviendo un momento que, aunque parezca técnico, es profundamente histórico.

Por primera vez, la agenda de las mujeres no solo ocupa el discurso público, sino que empieza a transformar la estructura del Estado. No es menor: se requirió la llegada de Claudia Sheinbaum como la primera mujer presidenta, la creación de una Secretaría de las Mujeres con alcance nacional y la conducción de una figura con origen en la lucha social como Citlalli Hernández Mora para comenzar a corregir una falla histórica.

Porque el problema nunca fue la ausencia de leyes.

Fue la distancia entre la ley y la vida real.

Hoy, la evidencia es contundente: 7 de cada 10 mujeres han vivido violencia en algún momento de su vida (INEGI), pero menos del 10% de los casos se denuncian y apenas entre 2% y 3% llegan a una sentencia. En términos reales, hablamos de un sistema con niveles de impunidad superiores al 90%.

Durante décadas, México construyó un andamiaje legal robusto, pero con una falla estructural: la desconexión entre instituciones. Ministerios públicos, policías, jueces y áreas de atención a víctimas operando sin coordinación efectiva.

Eso es lo que empieza a cambiar.

El reciente convenio entre la Suprema Corte de Justicia de la Nación y la Secretaría de las Mujeres no es un acto administrativo más. Es la construcción de mecanismos de coordinación institucional en un terreno que históricamente operó fragmentado.

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Ese es el verdadero punto de inflexión.

Porque ahora el enfoque cambia: intercambio de información, criterios homologados, rutas claras de atención y seguimiento institucional.

Si este modelo avanza en su implementación, el impacto puede ser medible.

En experiencias internacionales como España y Reino Unido, la integración institucional permitió reducir tiempos de atención hasta en 30%, incrementar la judicialización en más de 20% y fortalecer la confianza ciudadana.

En un escenario similar, México podría proyectar en los próximos cinco años:

  • Aumento de denuncias del 10% al 20–25%
  • Incremento en judicialización del 3% al 8–10%
  • Reducción de tiempos de atención en al menos 25%
  • Mejora en confianza institucional entre 15% y 20%

Esto representa mucho más que cifras.

Representa la posibilidad de que la justicia deje de ser un concepto y se convierta en una experiencia real.

Pero ese resultado no depende de un solo actor.

A partir de este momento, lo que se construyó deja de ser únicamente una agenda del gobierno federal y se convierte en una responsabilidad compartida.

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Gobernadores, presidentes municipales, congresos locales, diputadas y diputados federales, senadoras y senadores, regidores, operadores del sistema, pero también organismos empresariales, organizaciones de la sociedad civil y ciudadanía en general, tienen un papel que asumir.

Porque es muy fácil exigir resultados.

Lo complejo es construirlos.

Capacitar, profesionalizar, digitalizar, coordinar, medir y corregir no son tareas aisladas. Son procesos que requieren voluntad, seguimiento y participación de todos los sectores.

En ese contexto, el papel de los estados y de liderazgos como Mara Lezama será clave para traducir esta nueva arquitectura nacional en resultados concretos en territorio.

Pero el punto más importante es este:

lo que hoy se logró no puede quedarse en el papel.

Costó décadas de lucha, exigencia social y transformación política. Requirió nuevas estructuras, nuevas visiones y nuevos liderazgos.

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Y ahora exige algo igual de importante: corresponsabilidad.

Porque cuando un país construye una oportunidad de cambio y decide no ejecutarla, no solo pierde una política pública. Pierde confianza, pierde legitimidad y le falla a quienes más necesitan que el sistema funcione.

La justicia para las mujeres no es una tarea de unos cuantos.

Es una responsabilidad de todas y de todos.

Y será en la manera en que asumamos esa responsabilidad donde se definirá si este momento fue histórico o simplemente una oportunidad que dejamos pasar.

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