La democracia suele presentarse como la máxima expresión de la voluntad popular. Se nos enseña que votar es sinónimo de libertad, participación y gobierno del pueblo. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que no toda elección produce necesariamente buen gobierno, ni toda mayoría garantiza justicia. La Biblia ya advertía sobre este problema mucho antes del surgimiento de las democracias modernas.
En Jueces 9:7-15 encontramos la célebre parábola de Jotam. Los árboles decidieron elegir un rey. Primero buscaron al olivo, símbolo de utilidad y servicio. Luego acudieron a la higuera y a la vid, ambas productivas y beneficiosas para la comunidad. Ninguna aceptó abandonar su vocación para ejercer poder. Finalmente, los árboles eligieron a la zarza, una planta improductiva y peligrosa, que aceptó gustosamente gobernarlos.
La enseñanza es profunda: cuando quienes poseen virtud, capacidad y sentido de servicio se apartan de la vida pública, el vacío es ocupado por quienes buscan el poder por ambición personal.
México enfrenta precisamente este dilema. Hemos construido una democracia electoral robusta en términos procedimentales. Existen elecciones periódicas, organismos electorales y alternancia política. Sin embargo, la democracia no se reduce a depositar una boleta en una urna. Una democracia auténtica requiere ciudadanos informados, instituciones sólidas, rendición de cuentas y una cultura de legalidad.
El riesgo aparece cuando la política se transforma en espectáculo, cuando la propaganda sustituye al debate racional y cuando la popularidad reemplaza a la competencia. En esos escenarios, la ciudadanía puede terminar eligiendo zarzas creyendo que está escogiendo árboles frondosos y productivos.
Quintana Roo no escapa a esta realidad. Nuestro estado posee un enorme potencial económico derivado del turismo, una ubicación estratégica y una riqueza cultural extraordinaria. Sin embargo, también enfrenta desafíos relacionados con transparencia gubernamental, crecimiento urbano desordenado, desigualdad social, seguridad pública y fortalecimiento institucional.
La pregunta fundamental no es quién gana una elección, sino qué tipo de liderazgo estamos promoviendo como sociedad. ¿Premiamos la experiencia, la integridad y la capacidad de gestión? ¿O privilegiamos la imagen, la narrativa emocional y las promesas inmediatas?
La democracia se convierte en ilusión cuando los ciudadanos creen que su responsabilidad termina el día de la votación. Una ciudadanía madura comprende que el verdadero control del poder exige vigilancia permanente, participación informada y evaluación crítica de los gobernantes.
Jotam no solamente denunció a la zarza que pretendía gobernar; también cuestionó a los árboles que la eligieron. Esa es quizás la lección más incómoda para nuestro tiempo. Los problemas políticos no son únicamente responsabilidad de quienes gobiernan, sino también de quienes renuncian a examinar, exigir y participar.
México necesita menos culto a la personalidad y más cultura cívica; menos propaganda y más deliberación pública; menos obediencia partidista y más compromiso con el bien común.
Porque cuando una sociedad deja de buscar los frutos del olivo, de la higuera y de la vid, termina refugiándose bajo la sombra efímera de las zarzas. Y las zarzas, como advirtió Jotam, suelen terminar incendiando el bosque.
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