Manuel Baeza / Grupo Cantón
El avance inmobiliario en la Supermanzana 64 y colonias fundacionales de Cancún genera aumento de rentas, presión en servicios públicos y desplazamiento vecinal.
Cancún.- Las calles de la Donceles 28, que alguna vez resonaron con las voces de los pioneros que levantaron los primeros muros de este paraíso, hoy crujen bajo el peso del concreto de alta gama.
Cancún, a sus 55 años, además de su crecimiento expansivo ha empezado a canibalizarse en un proceso de reconfiguración urbana sin precedentes.
Lo que actualmente presenciamos no es una simple renovación estética de la fachada caribeña; es una “limpieza social” disfrazada de plusvalía, donde el brillo de los cristales templados proyecta una sombra que amenaza con borrar, bloque por bloque, la identidad de las supermanzanas históricas.
El asedio inmobiliario a la Supermanzana 64
La realidad es medible, tangible y, para muchos, asfixiante. Las colonias Donceles 28 y Lombardo Toledano, diseñadas originalmente para albergar a la clase trabajadora que sostenía la incipiente industria turística, se han convertido en el nuevo “dorado” de los grandes desarrolladores.
La colindancia directa con el sector más exclusivo del estado ha generado un “efecto espejo” con proyectos como Puerto Cancún que ha disparado los costos de vida de forma artificial.
Los datos no mienten: el valor de las propiedades en el centro ha registrado un incremento de hasta el 30% en su tasación comercial, mientras que las rentas habitacionales han subido un 20% promedio solo en el último ciclo fiscal.
Esta inflación de activos ha provocado una mutación agresiva en el uso de suelo de la zona fundacional.
Las viviendas unifamiliares de una sola planta están desapareciendo rápidamente del mapa para dar paso a condominios verticales y unidades de rentas vacacionales de corta estancia, operadas principalmente a través de plataformas digitales como Airbnb.
Esta transición altera drásticamente la densidad poblacional para la que fue diseñada la infraestructura original de la ciudad, creando una presión insostenible sobre los sistemas de soporte vital de las supermanzanas que antes eran barrios tranquilos de familias locales.
El colapso de los servicios públicos es la prueba fehaciente de este crecimiento desmedido y mal planificado.
Los habitantes originales denuncian con frecuencia que la red de drenaje pluvial y el suministro eléctrico —proyectados hace décadas para viviendas de bajo impacto— están siendo rebasados por edificios de cinco o seis niveles que albergan a decenas de nuevos residentes temporales.
Esta sobrecarga provoca fallas constantes en los servicios básicos de los vecinos fundadores, quienes ven cómo la calidad de su vida diaria disminuye proporcionalmente al aumento de la altura de los edificios vecinos que los rodean.
El mercado frente al sentido de pertenencia
El conflicto de intereses divide a la ciudad en dos visiones irreconciliables que luchan por definir el futuro del destino.
Por un lado, la postura del sector inmobiliario, representada por organismos como la AMPI (Asociación Mexicana de Profesionales Inmobiliarios); reconoce que el fenómeno es real pero lo enmarca dentro de una narrativa de “dinamismo, modernización y rescate urbano”.
Su argumento central subraya la necesidad de certeza jurídica y regulación para evitar fraudes, viendo en la llegada de nómadas digitales y capital extranjero una oportunidad de oro para rehabilitar zonas que presentaban signos de deterioro o abandono.
Para el sector empresarial y los desarrolladores, la verticalización no es una agresión, sino el paso natural y evolutivo de una ciudad con aspiraciones globales.
Argumentan que la inversión privada atrae mejoras colaterales en la seguridad y el alumbrado, además de dinamizar la economía local a través del consumo de servicios de alta gama.
Desde esta perspectiva, la resistencia al cambio es vista como un obstáculo para el progreso económico de la entidad, defendiendo que el mercado, por su propia naturaleza, debe depurar las zonas menos eficientes para dar paso a proyectos que generen mayores rendimientos fiscales y turísticos.
En la acera opuesta, la visión del residente histórico es radicalmente distinta: para el vecino de la Donceles o la SM 64, la “modernización” tiene cara de desalojo administrativo.
Los adultos mayores, muchos de ellos con pensiones fijas y limitadas, se enfrentan ahora a un impuesto predial que se tasa con criterios de zona de lujo, volviendo sus hogares financieramente insostenibles a mediano plazo.
Denuncian lo que llaman un “acoso inmobiliario” silencioso pero constante: ofertas de compra que buscan fragmentar la cohesión del barrio y reemplazar la tiendita de la esquina por cafeterías de especialidad ajenas a la economía popular.
La Ciudad Dual y la pérdida del alma
El punto de ruptura surge cuando el desarrollo económico deja de ser un beneficio común para convertirse en una barrera de exclusión sistémica.
El quiebre fundamental en Cancún es la cristalización de una “Ciudad Dual”, un modelo donde la prosperidad de unos se construye sobre el desplazamiento de otros.
Mientras los nuevos desarrollos cuentan con seguridad privada, infraestructura hidráulica reforzada y servicios de primer mundo, los habitantes originales que sostienen la operatividad diaria de la maquinaria turística son desplazados hacia periferias remotas, aumentando la brecha de desigualdad y los tiempos de traslado.
Esta fragmentación social genera un fenómeno de alienación donde el ciudadano ya no se reconoce en su propio entorno. El tejido social, compuesto por redes de apoyo vecinal construidas durante décadas, se rompe cuando las casas se convierten en habitaciones de hotel impersonales.
El quiebre no es solo arquitectónico, es humano; es la sustitución de la comunidad por la mercancía. La pregunta que flota en el aire húmedo del Caribe es si una ciudad puede realmente prosperar si sus cimientos sociales son sacrificados en el altar de la especulación inmobiliaria y el rendimiento por metro cuadrado.
El dilema ético que enfrenta Cancún en esta etapa de su historia es profundo y urgente.
¿Puede un destino sobrevivir a largo plazo si expulsa a quienes le dan vida y servicio?
La gentrificación en la Supermanzana 64 es el síntoma de una planeación urbana que ha priorizado históricamente el capital sobre el bienestar ciudadano.
Si no se implementan de inmediato políticas de vivienda social protegida y límites estrictos a la especulación en los barrios fundacionales, el centro de la ciudad corre el riesgo de convertirse en un escaparate estético sin pulso, un parque temático de lujo habitado por extraños de paso.
Finalmente, el quiebre se manifiesta en el silencio de las plazas que antes eran puntos de encuentro y hoy son estacionamientos para vehículos de gama alta. La identidad de Cancún está en juego; no la de las postales de arena blanca, sino la de las personas que hicieron de este pantano un hogar.
Si el estado no interviene para equilibrar la balanza entre el derecho a la ciudad y el derecho al negocio, el “éxito” de Cancún será recordado como el proceso en el que la ciudad ganó muchos edificios, pero terminó perdiendo definitivamente su alma y su historia.
El rostro del trauma comunitario silencioso
Por el lado de la salud mental, la gentrificación en Cancún se revela como un fenómeno psicosocial que erosiona la identidad y la salud mental, generando un “trauma comunitario silencioso”.
La especialista Sandybel Robaldino advierte que este proceso afecta desde infancias, que pierden su entorno escolar y social, hasta la población económicamente activa.
Se manifiesta a través del duelo por la pérdida de espacios emblemáticos (como el Parque de las Palapas), el estrés socioeconómico sostenido y la fragmentación social, evidenciada en expresiones discriminatorias como “de la Portillo hacia atrás”.
En el núcleo urbano y periferias de Cancún, donde el turismo global desplaza la vida cotidiana local y los nuevos asentamientos de migrantes enfrentan precariedad.
Por un reordenamiento de poder sin regulación que prioriza la economía sobre el bienestar humano, obligando a los habitantes a sobrevivir entre ansiedad, depresión y la pérdida del sentido de pertenencia.

