Manuel Baeza / Grupo Cantón
El cruce de Yaxchilán y Uxmal, en la Supermanzana 24, vive una transformación marcada por la migración cubana, el auge comercial y el encarecimiento de rentas. Mientras el centro de Cancún gana plusvalía y dinamismo económico, pierde población histórica ante el avance de la gentrificación.
Cancún.- Lo que antes era el corazón habitacional de los pioneros de Cancún, hoy late al ritmo del son cubano y la especulación inmobiliaria.
En el cruce de las avenidas Yaxchilán y Uxmal, el paisaje urbano ha mutado drásticamente: las rentas se disparan y nuevos residentes son empujados hacia las periferias, víctimas de un fenómeno de gentrificación que no se detiene.
Esta zona, emblemática por su historia fundacional, atraviesa una transformación radical impulsada por la inmigración y el cambio de uso de suelo, donde la nostalgia de los fundadores compite directamente con el dólar y el nuevo ambiente caribeño de los comercios emergentes.
La metamorfosis de la Supermanzana 24 y sus alrededores ha dado paso a lo que locales y visitantes denominan “La Pequeña Cuba”.
Este enclave cultural, revitalizado por ciudadanos cubanos que han establecido restaurantes de comida criolla y centros nocturnos de salsa, ha inyectado una energía vibrante a un sector que amenazaba con el abandono.
Sin embargo, este renacimiento tiene un costo social elevado: la creciente demanda ha provocado que los precios de los inmuebles se vuelvan inalcanzables para el trabajador promedio.
Mientras algunos migrantes logran consolidar negocios, las familias cancunenses son “desterradas” hacia las regiones periféricas, fragmentando la cohesión histórica del primer cuadro de la ciudad.
“Ya no se puede rentar aquí. Lo que antes era para nosotros, ahora está pensado para quien trae divisas. Nos estamos mudando a las orillas porque el centro ya no nos pertenece”, afirma José, ex-residente de la zona.
Según el Colegio de Valuadores de Quintana Roo, las rentas en el centro han subido entre un 10% y 20% tras la pandemia, mientras que el valor de la vivienda ha incrementado hasta un 30% debido a la conversión de hogares en locales comerciales o unidades de renta vacacional.
Se estima, según el Instituto Nacional de Migración, que unos 5,000 cubanos residen en Quintana Roo, de los cuales más de 2,000 se asientan en Cancún.
Esta presencia no es solo demográfica, sino profundamente económica. La fisonomía de la Avenida Yaxchilán ha cambiado con la apertura de “paladares” y cafeterías donde el arroz congregado y la ropa vieja son los protagonistas, creando una dinámica de barrio cálida y social que recuerda a las calles de La Habana, pero que simultáneamente eleva el costo de vida para los locales.
El fenómeno de la gentrificación en Cancún, aunque no alcanza los niveles críticos de la Ciudad de México, muestra señales preocupantes de exclusión.
Cristian Guillermo Hernández Rendón, presidente del Colegio de Valuadores, señala que el centro ha dejado de ser habitacional para convertirse en un nodo comercial y de plataformas como Airbnb.
Esta “circulación volátil” de visitantes eleva los costos de servicios y productos básicos, creando una burbuja que beneficia al inversionista pero castiga al residente que depende de un salario en pesos mexicanos.
Por su parte, la Asociación Mexicana de Profesionales Inmobiliarios (AMPI) confirma que esta revaluación de los espacios urbanos responde a una alta demanda de conectividad.
No obstante, advierten que el mercado ha experimentado caídas de hasta el 30% en ciertos periodos, ya que los altos costos obligan a los inquilinos a buscar opciones más económicas fuera del primer cuadro.
La paradoja es clara: el centro es más atractivo que nunca, pero cada vez menos habitable para quienes construyeron la ciudad desde sus cimientos o llegan busca de oportunidades.
La integración laboral de la comunidad migrante también juega un papel crucial, Ricardo Paredes, director de la Bolsa de Trabajo de la Fundación Federación de Estudiantes en Benito Juárez, refiere que muchas empresas locales están contratando a estos perfiles mientras legalizan su estadía, lo que consolida a la zona centro no solo como un lugar de residencia, sino como un motor de actividad económica que desplaza el comercio tradicional por servicios enfocados en el nuevo mercado caribeño.
El impacto se extiende incluso al desarrollo urbano. Los constructores han dejado de lado la vivienda de interés social para enfocarse en el interés residencial y vertical.
Esta tendencia se replica en zonas como la Donceles 28 y Lombardo Toledano pero es en el centro donde la pérdida de identidad duele más.
La transformación de una casa familiar en un local comercial o un loft para turistas extranjeros altera el tejido social de forma irreversible, sustituyendo vecinos por clientes de paso.
A medida que el 2026 avanza, el desafío para las autoridades de Benito Juárez radica en equilibrar este crecimiento.
El poder adquisitivo del extranjero, atraído por el tipo de cambio y la cercanía a la playa, dicta las reglas de un mercado que ignora la capacidad de pago del local.
En Cancún, la “Pequeña Cuba” es el síntoma de una ciudad que crece hacia arriba y hacia afuera, pero que en su centro está perdiendo la memoria.
La gentrificación no es solo un cambio de fachadas o la llegada de nuevos ritmos musicales; es el proceso silencioso por el cual una ciudad decide a quién quiere albergar y a quién prefiere olvidar en la periferia.
Finalmente, el futuro de la Yaxchilán y la Uxmal parece sellado por la plusvalía. La zona ha sido rescatada del olvido, es cierto, pero el precio del rescate ha sido la expulsión de su gente.
La identidad cancunense se encuentra hoy en una encrucijada: celebrar la multiculturalidad que traen los nuevos residentes o lamentar la pérdida del acceso al corazón de su propia tierra. Mientras tanto, el son cubano sigue sonando, ocultando bajo su ritmo el eco de las mudanzas que se dirigen, irremediablemente, hacia las afueras.

