El espejismo de los cien días

El arribo a los primeros cien días de gobierno obradorista está lleno de contrastes: un dominio pleno del tabasqueño sobre el tablado público

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Activismo frente a realidad
Guillotinas económicas
En Jalisco: “Darse la paz”

El arribo a los primeros cien días de gobierno obradorista está lleno de contrastes: un dominio pleno del tabasqueño sobre el tablado público y en cuanto a encuestas de opinión que le siguen manteniendo en una promisoria luna de miel con una inusitada porción mayoritaria del electorado; una baraja de proyectos, promesas y primeros avances que, sin embargo, aún no parecen estar plenamente montados sobre tierra firme; un aplastante control político y escénico del tabasqueño, con un gabinete variopinto que nunca alcanza los tonos épicos de su jefe sino los meramente operativos, acaso meramente burocráticos; un activismo mediático desbordado, que de lunes a viernes se desahoga en las conferencias mañaneras de prensa y los fines de semana en actos multitudinarios de reparto de fondos públicos, promesas y reafirmaciones masivas de lealtad política al orador omnipresente.

Y, sin embargo, no todo se mueve a la par del deseo y los énfasis del tabasqueño enjundioso. Algunas empresas calificadoras de procesos gubernamentales y de circunstancias económicas y crediticias van pasando del primer gesto, atento al arranque del obradorismo, a la preocupación creciente en cuanto a los intereses de los grandes capitales, nacionales e internacionales. Los proyectos y promesas del gobierno federal de centroizquierda (que en ocasiones se convierte en centroderecha, como en el caso de los derechos sexuales y reproductivos y, en particular, en el tema de la suspensión voluntaria del embarazo) prenden bien entre un público que está deseoso de cambios profundos pero, al mismo tiempo, esas intenciones se debaten y empantanan en la realidad implacable de una economía lastrada que no da margen a demasiados sueños de modificaciones a fondo y, también, en los tonos disparejos, con ciertos trazos de novatez e impericia, de un gabinete presidencial siempre en un segundo plano, casi solamente acomodaticio a las necesidades inmediatas que les plantea el obsesivo e hiperactivo jefe máximo.

Un presidente de la República convertido en activista incansable no necesariamente garantiza el buen cumplimiento de sus planes y sus intenciones. La realidad globalizada, las implacables fuerzas económicas transnacionales, el peso de las “leyes” del mercado, la amenaza constante de las fluctuaciones cambiarias y la pérdida de la “confianza” de los grandes capitales” son guillotinas invisibles pero muy presentes. Por ello es que López Obrador se mueve sin cesar entre los escenarios clamorosos del activismo político, promisorio y explicativo, y el antiparaíso del obligado realismo político y económico que lo sujeta a leyes prácticas de las que se fuga en el discurso y a las que vuelve, pragmático, en cuanto esos tensos resortes globalizados se muestran incómodos o francamente reactivos.

En todo caso, el hiperactivismo lopezobradorista permite mantener en alerta las lealtades partidistas y facilita la construcción, reconstrucción e incluso reacomodos del discurso político. López Obrador está gobernando pero, sobre todo, está comunicando que gobierna y está reafirmando, afinando y amoldando a la visión de sus conveniencias el discurso político, la comunicación social: una especie de pejepardismo llamado Cuarta Transformación: hacer que mucho parezca que cambia para que al final algo (un poco más o un poco menos de lo deseado o prometido) cambie.

En Jalisco, por ejemplo, el presidente en sus primeros cien días explícitos (pues asumió crecientes funciones de poder apenas un par de días después de la histórica elección del primero de julio del año pasado, ante un Enrique Peña Nieto dando paso a un relevo político acordado y sin guillotina), dijo este fin de semana: “… hay que dejar a un lado los rencores, nada de odios. Tenemos que reconciliarnos. ¿Nos vamos a dar la paz sí o no? Claro que sí. Ya chole, ya que se vaya por un tubo, ya chole con la politiquería, la grilla, ya me tiene hasta el copete. ¿Que ganamos con eso?, nada. Ahora mismo va a subir Carlos Lomelí y se va a dar un abrazo con Alfaro”.-

Un abrazo, ha de decirse, con un inocultable tufo a simulación. Parecido a lo que sucede cuando dos primos pequeños, largamente confrontados, son obligados por el abuelo, padre o tío a darse un abrazo de circunstancias y aparentar que todo ha de resolverse solo por una necesidad escénica. Hablar de “darse la paz” (evidente invocación de misal) es una pretensión religiosa que no puede provocar reales efectos políticos. Tampoco el proclamar que la grilla ya le tiene “hasta el copete” al presidente de la República en turno, pues justamente el encargo del titular del poder ejecutivo federal es político y un de las derivaciones de la política es la “grilla”, se quiera o no.

No son prácticas ni productivas las palabras pronunciadas por el presidente López Obrador en el enconado ambiente jalisciense (donde el perdedor inmediato de las elecciones de gobernador, Carlos Lomelí, fue colocado por Palacio Nacional como superdelegado con pretensiones de gobernador sustituto del ganador, Enrique Alfaro). Tampoco parece alentador que el gozoso practicante de la política diaria, como es AMLO, declare de manera tan temprana que ya está “hasta el copete”.

En Puebla, en alocución dominical, el político tabasqueño insistió en la tonalidad discursiva aparentemente pacificadora: “la cuarta transformación significa la reconciliación nacional. Nada de pleitos, nada de rencores, nada de odios, siempre pensando en el prójimo, en el amor a la familia, amor a la naturaleza , amor a la patria… Esa es la transformación”.

Ahí, en un escenario político y electoral de mucho encono, anunció que se mantendrá atento pero no intervencionista en cuanto al proceso electoral para sustituir a la fallecida Martha Erika Alonso y al gobierno provisional encabezado por el priista Guillermo Pacheco Pulido. ¡Hasta mañana!