La reciente vinculación a proceso de una mujer por el delito de violencia vicaria en el estado de Coahuila ha provocado un debate intenso en el ámbito jurídico y social.
Para algunos, el hecho representa una anomalía; para otros, un retroceso. Sin embargo, mirado con mayor detenimiento, el caso puede significar un avance indispensable hacia una justicia más coherente y menos selectiva.
La violencia vicaria se define como aquella en la que una persona utiliza a las hijas o hijos como medio para causar daño a la pareja o expareja, generando afectaciones profundas tanto en los menores como en la víctima directa.
Aunque su conceptualización normativa surge dentro de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, el núcleo de la conducta sancionada no radica en el género, sino en el uso instrumental de la niñez como herramienta de castigo y control.
Durante años, esta figura ha sido aplicada casi exclusivamente cuando la víctima es mujer, invisibilizando situaciones idénticas sufridas por hombres.
El resultado ha sido una justicia incompleta: miles de padres enfrentando la manipulación, sustracción o ruptura del vínculo con sus hijos sin reconocimiento jurídico efectivo, y niños expuestos a una forma de violencia normalizada por el silencio institucional.
El caso de Coahuila obliga a replantear una pregunta incómoda:
¿la ley protege conductas o protege personas según su género?
Desde una lógica estrictamente jurídica, lo sancionable es el daño causado y la vulneración al interés superior de la niñez, principio constitucional que no admite excepciones ideológicas.
La ley es la manifestación del pensamiento humano y su necesidad interna de seguridad, certeza, orden y paz, pero también lo es el cambio en ella, cuando el orden es injusto, lo realmente justo es ser revolucionario y luchar por el cambio.
El que una mujer haya sido vinculada es importante porque da visibilidad a los miles de padres de hijos que sufren esta condición y no son escuchados.
Ojo, no tiene nada que ver lo que digo con minimizar las conquistas feministas y sus grandes logros que son aplaudibles, sin embargo, ponerle vestido o pantalón a la problemática resulta irrelevante, puesto que la sociedad la padece sin importar el género.

